Porque vive en el aire, el ave no es consciente de su propio vuelo.
(Inspirado en un proverbio de Costa de Marfil que dice: “Porque vive en el agua, nunca se ven las lágrimas del pez que llora")
El ser humano, quizás por autodefensa tiende a elevarse a las alturas abandonando la Tierra, su medio natural. No es incompatible un pensamiento “elevado” con las ataduras de tu propia condición. Con ellas el pensamiento será fructífero. Sin ellas, el pensamiento puede ser estéril pues toda separación de la Tierra dará pensamientos incompletos.
domingo, 8 de febrero de 2009
viernes, 6 de febrero de 2009
sábado, 31 de enero de 2009
Una noticia esperanzadora
Frente a tantas noticias desesperanzadoras que invaden la prensa diaria, una que representa un canto al espíritu que subyace en toda persona. Es una noticia verídica aparecida en El Periódico de Catalunya recogida y traducida para vosotros: Es una historia que ocurrió un domingo del pasado año en Roses. Dos equipos de la categoría de alevines (11 años) se enfrentaban en un amistoso. Los equipos eran AE Roses y la Fundació Sánchez Llibre.
El equipo de la Fundació sólo tenía 10 jugadores, pero había un niño de 6 años, Roberto (hermano de un jugador), que quería jugar costara lo que costase. Al final le pusieron la camiseta y saltó al campo.
Desentonaba por la diferencia de estatura pero esto no le importaba al chiquillo para correr detrás de la pelota aunque no llegara nunca a tiempo. Poco a poco, los jugadores de su equipo se apercibieron de las ganas que ponía y empezaron a jugar para él. Creaban buenas jugadas y, cuando estaban a punto de marcar un gol, le pasaban la pelota.
Roberto hacía lo que podía pero le era imposible superar los defensas. Aquí empezó lo más bonito del partido y de la temporada. Los niños del equipo contrario se dieron cuenta y también empezaron a jugar para Roberto.
En una jugada en que llevaba la pelota el valiente delantero, los defensas empezaron a caer y el pequeño futbolista llegó delante del portero al cual batió sin que se notara su colaboración. Todos gritaron gol. Incluso los contrarios que corrieron a abrazar a Roberto. Los jugadores de los dos equipos se abrazaron juntos alzando al pequeño.
Gracias, AE Roses por hacer inmensamente feliz a un niño de 6 años. Y gracias a los niños que jugasteis aquel partido porque disteis un espectáculo que va más allá de la mera deportividad. Demostrasteis que en un terreno de juego se puede hacer algo más que ganar, perder o empatar. Se pueden compartir ilusiones, cosa que muchas veces los adultos no entienden y malogran.
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Vicenç Gasulla
Vilassar de Dalt
El Periódico de Catalunya
El equipo de la Fundació sólo tenía 10 jugadores, pero había un niño de 6 años, Roberto (hermano de un jugador), que quería jugar costara lo que costase. Al final le pusieron la camiseta y saltó al campo.
Desentonaba por la diferencia de estatura pero esto no le importaba al chiquillo para correr detrás de la pelota aunque no llegara nunca a tiempo. Poco a poco, los jugadores de su equipo se apercibieron de las ganas que ponía y empezaron a jugar para él. Creaban buenas jugadas y, cuando estaban a punto de marcar un gol, le pasaban la pelota.
Roberto hacía lo que podía pero le era imposible superar los defensas. Aquí empezó lo más bonito del partido y de la temporada. Los niños del equipo contrario se dieron cuenta y también empezaron a jugar para Roberto.
En una jugada en que llevaba la pelota el valiente delantero, los defensas empezaron a caer y el pequeño futbolista llegó delante del portero al cual batió sin que se notara su colaboración. Todos gritaron gol. Incluso los contrarios que corrieron a abrazar a Roberto. Los jugadores de los dos equipos se abrazaron juntos alzando al pequeño.
Gracias, AE Roses por hacer inmensamente feliz a un niño de 6 años. Y gracias a los niños que jugasteis aquel partido porque disteis un espectáculo que va más allá de la mera deportividad. Demostrasteis que en un terreno de juego se puede hacer algo más que ganar, perder o empatar. Se pueden compartir ilusiones, cosa que muchas veces los adultos no entienden y malogran.
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Vicenç Gasulla
Vilassar de Dalt
El Periódico de Catalunya
jueves, 22 de enero de 2009
Las Grandes Palabras
Dios, Verdad, Amor, Patria. Son grandes palabras que las mayúsculas pretenden hacer magnas y que con minúsculas podrían llegar a serlo. Que con mayúsculas parecen ser un fin y con minúsculas sólo un medio para expresar nuestros pensamientos y sentimientos. Otras, han perdido vigencia: Rey, Honor, Papa, Cielo e Infierno.
De hecho creo que siento una aversión instintiva y endémica hacia las grandes palabras, las de las mayúsculas. Las he visto demasiadas veces en discursos vacíos. Porque parece que quieren acercarnos a la perfección. Y la perfección no existe en el hombre. Ni en la naturaleza. Porque andamos un paso hacia atrás para poder andar dos pasos hacia delante. Y eso, en el mejor de los casos.
No me pronuncio sobre ninguna de esas palabras en su versión mayúscula pues no me siento capacitado para ello. Sólo pretendo despojar esas palabras de ropajes vanos que inflan nuestras bocas y, lo peor, nuestras mentes, despojándonos del tan preciado sentido común.
Me gusta ser coherente en mi vida, en mis obras, en mi pensamiento. Pero la coherencia perfecta tampoco existe. Porque la perfección no es propia del hombre. Porque la búsqueda de la perfección es un camino estéril que te aleja de la realidad.
Este reconocimiento no es humildad pues tampoco me gusta esta palabra que sustituiría gustosamente por “asunción de tus propias limitaciones”.
Y no quiero decir, como Groucho Marx (y perdonen esta frivolidad): “Estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros”, frase aparentemente grotesca pero que en realidad es una clara advertencia a tu posible traición al pensamiento por razones varias. Entre ellas, su voluntad de adaptación a la imposible consecución de la perfección por olvido de tus propias limitaciones.
Mi maestro Coderch llamaba a la inteligencia “la gran prostituta” pues constataba el peligro de saber adaptar tu pensamiento a tus conveniencias. Y estas conveniencias no implican siempre intereses económicos, de poder o de prestigio. Tus conveniencias pueden ser también tu voluntad de amoldar tu pensamiento a los lugares comunes de la imposible perfección. La que te impide recorrer el camino pensando que ya conoces su final.
De hecho creo que siento una aversión instintiva y endémica hacia las grandes palabras, las de las mayúsculas. Las he visto demasiadas veces en discursos vacíos. Porque parece que quieren acercarnos a la perfección. Y la perfección no existe en el hombre. Ni en la naturaleza. Porque andamos un paso hacia atrás para poder andar dos pasos hacia delante. Y eso, en el mejor de los casos.
No me pronuncio sobre ninguna de esas palabras en su versión mayúscula pues no me siento capacitado para ello. Sólo pretendo despojar esas palabras de ropajes vanos que inflan nuestras bocas y, lo peor, nuestras mentes, despojándonos del tan preciado sentido común.
Me gusta ser coherente en mi vida, en mis obras, en mi pensamiento. Pero la coherencia perfecta tampoco existe. Porque la perfección no es propia del hombre. Porque la búsqueda de la perfección es un camino estéril que te aleja de la realidad.
Este reconocimiento no es humildad pues tampoco me gusta esta palabra que sustituiría gustosamente por “asunción de tus propias limitaciones”.
Y no quiero decir, como Groucho Marx (y perdonen esta frivolidad): “Estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros”, frase aparentemente grotesca pero que en realidad es una clara advertencia a tu posible traición al pensamiento por razones varias. Entre ellas, su voluntad de adaptación a la imposible consecución de la perfección por olvido de tus propias limitaciones.
Mi maestro Coderch llamaba a la inteligencia “la gran prostituta” pues constataba el peligro de saber adaptar tu pensamiento a tus conveniencias. Y estas conveniencias no implican siempre intereses económicos, de poder o de prestigio. Tus conveniencias pueden ser también tu voluntad de amoldar tu pensamiento a los lugares comunes de la imposible perfección. La que te impide recorrer el camino pensando que ya conoces su final.
martes, 20 de enero de 2009
lunes, 19 de enero de 2009
KITSCH de nueva generación
Recuerdo ese kitsch (*) casi entrañable de los interiores domésticos de las primeras películas de Almodóvar, de los sencillos tapices con escenas de caza que adornaban las salas de casas que de niño visitaba, los humildes cuadros de bodegones y de gitanas modelo Romero de Torres que inundan todavía mercadillos comarcales de domingo, los muros “rústicos” o los capiteles griegos de tantos porches costeros con la vana pretensión de crear una imagen de rancia estirpe quedándose en una realidad de estirpe rancia.
Pues bien, ese kitsch va a ir desapareciendo para ceder el espacio al kitsch fashion de nueva generación.
Y eso que aún no ha sido asimilada la palabra “diseño” que obliga a todo buen vendedor a ofrecer un artículo especificando que es “de diseño” con lo cual evidencia su absoluta ignorancia del término pues “de diseño” lo es todo lo que forma parte de un proceso de proyecto y fabricación. Y como en todo, hay diseños buenos y diseños malos pero no hay objetos “de diseño” u otros carentes de él.
La creación artificial de modas, admitida en el vestir, ha llegado por fin a espacios con un tempo tradicionalmente más reposado. Recuerdo una aficionada a la arquitectura que me informó amablemente de que había leído que el minimalismo ya no se llevaba, que ahora lo último era lo étnico.
Pues bien, ese kitsch va a ir desapareciendo para ceder el espacio al kitsch fashion de nueva generación.
Y eso que aún no ha sido asimilada la palabra “diseño” que obliga a todo buen vendedor a ofrecer un artículo especificando que es “de diseño” con lo cual evidencia su absoluta ignorancia del término pues “de diseño” lo es todo lo que forma parte de un proceso de proyecto y fabricación. Y como en todo, hay diseños buenos y diseños malos pero no hay objetos “de diseño” u otros carentes de él.
La creación artificial de modas, admitida en el vestir, ha llegado por fin a espacios con un tempo tradicionalmente más reposado. Recuerdo una aficionada a la arquitectura que me informó amablemente de que había leído que el minimalismo ya no se llevaba, que ahora lo último era lo étnico.
Hasta ahora, los dos campos, el de la calidad y el de la imitación estaban separados y se repartían amigablemente los mercados. Pero ahora, la ley inexorable de los mismos ha creado una revolución cultural propiciada por los mercaderes que, deseosos de una rentable renovación constante y advirtiendo que los clientes de lujo se decantaban por la calidad (a excepción de folclóricas y toreros), han logrado apropiarse del término “de diseño” pero dotándolo de valores añadidos como “recuperación de estilos”, “renovación conceptual” y “nuevos materiales” (al servicio de viejas ideas).
Ni siquiera “lo cursi” (**) estará libre de peligros pues las delicadas y tiernas pastorcillas de Lladró deberán adaptarse a los nuevos tiempos. El filósofo Xavier Rubert de Ventós definía lo cursi como "una de las posibles formas en que precipita el mal gusto consistente en la utilización de objetos o modelos de comportamiento de un valor expresivo o simbólico socialmente reconocido. Son cursis, en nuestro mundo casi inevitablemente, las ceremonias en las que se cumple un ritual con ilusión de originalidad: cursi es casi toda la terminología amorosa, la retórica del pulpito, la poética de aniversario, los discursos de los políticos.”
En un cuaderno de bitácora ("Luna de papel") se añaden consideraciones interesantes: "Cursi es el acto y el modo de llevar una peineta y no la peineta, cursi es la forma en que damos solemnidad a nuestras casas poniendo el cuadro de la ultima cena de Miguel Ángel en el comedor y no el cuadro mismo, no es cursi cumplir quince años, cursi es bajar a la apanicada niña del segundo piso del salón en un columpio bordado de rosas blancas entre nubes color violeta".
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(*) La palabra kitsch se origina del término alemán yidis etwas verkitschen. Define al arte que es considerado como una copia inferior de un estilo existente. También se utiliza el término kitsch en un sentido más libre para referirse a cualquier arte que es pretencioso, pasado de moda o de muy mal gusto. (Wikipedia)
(**) Dicho de una cosa que, con apariencia de elegancia o riqueza, es ridícula y de mal gusto (D.R.A.E.).
BIBLIOGRAFÍA: Cualquier número de la revista ¡Hola!
(**) Dicho de una cosa que, con apariencia de elegancia o riqueza, es ridícula y de mal gusto (D.R.A.E.).
BIBLIOGRAFÍA: Cualquier número de la revista ¡Hola!
viernes, 16 de enero de 2009
Un lujo de programa


Corresponde al programa de necesidades que la Sra. Uriach expuso al arquitecto José Antonio Coderch para que sirviera de pauta en el proyecto de su casa. Toda una declaración de principios. Todo un lujo.
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“Desearíamos que la casa fuese lo más parecida a nosotros mismos, o mejor a lo que nosotros tratamos de ser (…) Es decir: sobria, austera. Práctica. Absolutamente antiespectacular y la negación de la ostentación y el lujo. Una casa que se pueda ver con admiración sonriente pero sin despertar envidia (…)
La decoración: me horroriza. Soy feliz pudiéndolo decir. ¡Cuánto deseo que mi casa pueda no tener ‘cortinitas’, ni visillos, ni tapetes, ni retratos! Deseo ardientemente que cuando la casa se termine, no tenga problema de ‘decorarla’ (…) La cocina ha de ser perfecta. Justa de todo, de proporciones. Inteligente. (…)
Desearía que la casa fuera también como íntima, es decir, que la vida en ella no fuese una exposición exterior. En realidad, si el terreno nos ha escogido a nosotros, si no posee ninguna belleza especial, para mí tiene el encanto de no ser más que una posibilidad de levantar en él una casa. (…)
Le ruego se acuerde de que no deseamos decoración. Así, los dormitorios pueden parecer celdas; en ellos sólo ha de haber lo mínimo indispensable. (…) Blanca, me horrorizan los colores bonitos. Blanca la casa toda. Ningún color: blancas también las paredes”
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“Desearíamos que la casa fuese lo más parecida a nosotros mismos, o mejor a lo que nosotros tratamos de ser (…) Es decir: sobria, austera. Práctica. Absolutamente antiespectacular y la negación de la ostentación y el lujo. Una casa que se pueda ver con admiración sonriente pero sin despertar envidia (…)
La decoración: me horroriza. Soy feliz pudiéndolo decir. ¡Cuánto deseo que mi casa pueda no tener ‘cortinitas’, ni visillos, ni tapetes, ni retratos! Deseo ardientemente que cuando la casa se termine, no tenga problema de ‘decorarla’ (…) La cocina ha de ser perfecta. Justa de todo, de proporciones. Inteligente. (…)
Desearía que la casa fuera también como íntima, es decir, que la vida en ella no fuese una exposición exterior. En realidad, si el terreno nos ha escogido a nosotros, si no posee ninguna belleza especial, para mí tiene el encanto de no ser más que una posibilidad de levantar en él una casa. (…)
Le ruego se acuerde de que no deseamos decoración. Así, los dormitorios pueden parecer celdas; en ellos sólo ha de haber lo mínimo indispensable. (…) Blanca, me horrorizan los colores bonitos. Blanca la casa toda. Ningún color: blancas también las paredes”
jueves, 8 de enero de 2009
Palabras hermanas (II)
Moral, ética y deontología:
Tres hermanas que no siempre coinciden en casa y que, en ocasiones se pelean.
La moral pertenece a la sociedad. Es el conjunto de normas establecidas, justas o injustas, buenas o malas, acordes o no a nuestra ética. Cambia con las sociedades y con el tiempo. Va intrínsecamente ligada con la ley y con la Justicia pero no con la justicia. Etimológicamente viene del latín “mores” (costumbres).
La ética es individual. Recoge los compromisos que uno va adquiriendo con el mundo que le rodea y que confeccionan su escala de valores. Es innegociable y cambia con el tiempo como fruto del desarrollo de la persona. Puede cambiar perfeccionándose o adaptándose a las propias conveniencias. Puede chocar con la moral y con la ley. Etimológicamente viene del griego “ethos” (comportamiento)
La deontología trata y regula los deberes y se aplica, principalmente a los aspectos profesionales. Puede ser oficial o propia. No es libre por estar sujeta a normas pues debe considerar los dos aspectos, los morales y los éticos.
Justicia y justicia:
Soslayo la acepción “justo” según establece la moral cristiana, la de los “justos y pecadores”.
La Justicia es la aplicación de la ley. Será justa o injusta si la ley correspondiente lo es. Será moral o inmoral según lo sea su aplicación. Es, evidentemente, de este mundo.
La justicia es el principio ético que te lleva a aplicar a ti mismo y a los demás las consideraciones que deben corresponder en cualquier situación. Es independiente de la Justicia y de la moral y amiga inseparable de la ética y de la empatía ya que, sin ellas, su cualidad se resiente. Conviene entrenarla pues es la cualidad individual con más tendencia a beneficiarnos injustamente.
Tres hermanas que no siempre coinciden en casa y que, en ocasiones se pelean.
La moral pertenece a la sociedad. Es el conjunto de normas establecidas, justas o injustas, buenas o malas, acordes o no a nuestra ética. Cambia con las sociedades y con el tiempo. Va intrínsecamente ligada con la ley y con la Justicia pero no con la justicia. Etimológicamente viene del latín “mores” (costumbres).
La ética es individual. Recoge los compromisos que uno va adquiriendo con el mundo que le rodea y que confeccionan su escala de valores. Es innegociable y cambia con el tiempo como fruto del desarrollo de la persona. Puede cambiar perfeccionándose o adaptándose a las propias conveniencias. Puede chocar con la moral y con la ley. Etimológicamente viene del griego “ethos” (comportamiento)
La deontología trata y regula los deberes y se aplica, principalmente a los aspectos profesionales. Puede ser oficial o propia. No es libre por estar sujeta a normas pues debe considerar los dos aspectos, los morales y los éticos.
Justicia y justicia:
Soslayo la acepción “justo” según establece la moral cristiana, la de los “justos y pecadores”.
La Justicia es la aplicación de la ley. Será justa o injusta si la ley correspondiente lo es. Será moral o inmoral según lo sea su aplicación. Es, evidentemente, de este mundo.
La justicia es el principio ético que te lleva a aplicar a ti mismo y a los demás las consideraciones que deben corresponder en cualquier situación. Es independiente de la Justicia y de la moral y amiga inseparable de la ética y de la empatía ya que, sin ellas, su cualidad se resiente. Conviene entrenarla pues es la cualidad individual con más tendencia a beneficiarnos injustamente.
martes, 6 de enero de 2009
Palabras hermanas
Perdonen los filósofos y los sabios este escrito. No pretende nada más que reflejar sentimientos personales ante distintas palabras cuyo uso se aplica indiscriminadamente y sin criterio. No digo que el mío sea el correcto. Sólo que intento que sea coherente.
Imagen y apariencia: Me gusta la imagen como representación externa de la esencia de las cosas y desprecio la apariencia como falsificación o invención de esa esencia.
Error y fracaso: El error es positivo. Con él aprendemos. El fracaso es la valoración negativa del error. No me avergüenzan los errores ni los fracasos. Nunca lo habrán sido por omisión. Aprendí a decirme a mí mismo: "Si te avergüenzas no lo hagas y si lo haces no te avergüences".
Reto y objetivo: Tampoco me gustan los retos y los objetivos. Aquello de "voy a demostrar (a los demás y/o a mí mismo) que soy capaz de conseguir esto o aquello". Me parece una debilidad. Quiero conseguir lo que me interesa o lo que debo. Pero por lo que es y no por el éxito del resultado.
Además la palabra “objetivo” tiene un uso potencialmente peligroso. Porque tiene una connotación artificial. El verdadero objetivo forma parte esencial de tu escala de valores. Podrías, pero es innecesario, proponerte hacer bien las cosas. Si hacer bien las cosas forma parte de tu persona (porque así lo has querido) es prescindible acompañarlo de propósitos y objetivos como los que acompañan los primeros días del año.
Justicias: Estas hermanas son quintillizas y, probablemente, de padres diferentes. Englobamos en un solo vocablo conceptos tan dispares como:
Justicia divina: De difícil definición por falta de pruebas ante la ausencia testifical del propio legislador.
Justicia legal: Ley y justicia coinciden en ocasiones. En una democracia auténtica la coincidencia es frecuente. Pero son dos conceptos que no van hermanados necesariamente.
Justicia popular: Sumamente variable. Aquí la aplicación es dispar, según los pueblos y circunstancias, frente a hechos semejantes. Las víctimas de linchamientos dan buena prueba de ello.
Justicia militar: Sin comentarios. Si ponemos en duda la conveniencia de la existencia de una ley militar, su aplicación está de más. Los filólogos dirían que justicia militar es un oxímoron.
Justicia ética: Es la hermana mayor. La más responsable. Cuyo concepto debemos adquirir respetuosamente (el respeto a los demás y a nosotros mismos es su galán inseparable).
Os espero para corregir y completar estas cuatro familias.
Imagen y apariencia: Me gusta la imagen como representación externa de la esencia de las cosas y desprecio la apariencia como falsificación o invención de esa esencia.
Error y fracaso: El error es positivo. Con él aprendemos. El fracaso es la valoración negativa del error. No me avergüenzan los errores ni los fracasos. Nunca lo habrán sido por omisión. Aprendí a decirme a mí mismo: "Si te avergüenzas no lo hagas y si lo haces no te avergüences".
Reto y objetivo: Tampoco me gustan los retos y los objetivos. Aquello de "voy a demostrar (a los demás y/o a mí mismo) que soy capaz de conseguir esto o aquello". Me parece una debilidad. Quiero conseguir lo que me interesa o lo que debo. Pero por lo que es y no por el éxito del resultado.
Además la palabra “objetivo” tiene un uso potencialmente peligroso. Porque tiene una connotación artificial. El verdadero objetivo forma parte esencial de tu escala de valores. Podrías, pero es innecesario, proponerte hacer bien las cosas. Si hacer bien las cosas forma parte de tu persona (porque así lo has querido) es prescindible acompañarlo de propósitos y objetivos como los que acompañan los primeros días del año.
Justicias: Estas hermanas son quintillizas y, probablemente, de padres diferentes. Englobamos en un solo vocablo conceptos tan dispares como:
Justicia divina: De difícil definición por falta de pruebas ante la ausencia testifical del propio legislador.
Justicia legal: Ley y justicia coinciden en ocasiones. En una democracia auténtica la coincidencia es frecuente. Pero son dos conceptos que no van hermanados necesariamente.
Justicia popular: Sumamente variable. Aquí la aplicación es dispar, según los pueblos y circunstancias, frente a hechos semejantes. Las víctimas de linchamientos dan buena prueba de ello.
Justicia militar: Sin comentarios. Si ponemos en duda la conveniencia de la existencia de una ley militar, su aplicación está de más. Los filólogos dirían que justicia militar es un oxímoron.
Justicia ética: Es la hermana mayor. La más responsable. Cuyo concepto debemos adquirir respetuosamente (el respeto a los demás y a nosotros mismos es su galán inseparable).
Os espero para corregir y completar estas cuatro familias.
jueves, 1 de enero de 2009
Miró, la mirada de un niño
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Pasear por la montaña,
leer un libro,
contemplar una mujer bella,
escuchar un concierto …
Que sugiere mi visión de formas, ritmos y colores.
Todo esto formará y nutrirá mi espíritu para que así mi lenguaje cobre fuerza
y sobre todo …
que la Santa Inquietud no nos falte.
Gracias a ella progresará el hombre.
.
Joan Miró (1893-1983)
.
.



En Navidad, se cumplieron los 25 años de la muerte de este pintor barcelonés y universal, cuya mirada en las formas y colores tan cerca estaba de la mirada de los niños, antes de que éstos la vean oscurecida por nuestra educación..
Las fotos y sus textos están extraídos de la web Fundació Miró de Barcelona
domingo, 28 de diciembre de 2008
Poemas de Joan Brossa

“La poesía visual no es dibujo, ni pintura, es un servicio a la comunicación”
“Si no pudiera escribir, en los momentos de euforia sería guerrillero, en los de pasividad prestidigitador. Ser poeta incluye las dos cosas”
“La poesía es un juego donde, bajo una aparente realidad, aparece otra insospechada”
“Los géneros artísticos son medios diferentes para expresar una realidad idéntica. Los lados de una misma pirámide coinciden en el punto más alto”
“Si no pudiera escribir, en los momentos de euforia sería guerrillero, en los de pasividad prestidigitador. Ser poeta incluye las dos cosas”
“La poesía es un juego donde, bajo una aparente realidad, aparece otra insospechada”
“Los géneros artísticos son medios diferentes para expresar una realidad idéntica. Los lados de una misma pirámide coinciden en el punto más alto”
domingo, 21 de diciembre de 2008
Chillida o el espacio

“Un día soñé una utopía: encontrar un espacio donde pudieran descansar mis esculturas y que la gente caminara entre ellas como por un bosque”
Se ha cumplido el 30 aniversario del Peine del Viento, grupo de esculturas realizadas y colocadas en la costa de Donosti, por Eduardo Chillida, el escultor del espacio. Sus esculturas no son únicamente formas y materiales. Son, para mí, creaciones de espacio en su interior o, como en el caso de este Peine del Viento, transformación del espacio entre ellas y el entorno.
"Desde el espacio con su hermano el tiempo, bajo la gravedad insistente, con una luz para ver como no veo, entre el ya no y el todavía no fui colocado. El asombro ante lo que desconozco fue mi maestro. Escuchando su inmensidad. He tratado de mirar, no sé si he visto."
El Peine del Viento (Donosti) con el propio Chillida, en la plaza proyectada por Luis Peña Ganchegui
***
"Hace años tuve una intuición, que sinceramente creí utópica.
Dentro de una montaña crear un espacio interior que pudiera ofrecerse a los hombres de todas las razas y colores, una gran escultura para la tolerancia.
Un día surgió la posibilidad de realizar la escultura en Tindaya, en Fuerteventura, la montaña donde la utopía podía ser realidad.
La escultura ayudaba a proteger la montaña sagrada.
El gran espacio creado dentro de ella no sería visible desde fuera, pero los hombres que penetraran en su corazón verían la luz del sol,
Dentro de una montaña crear un espacio interior que pudiera ofrecerse a los hombres de todas las razas y colores, una gran escultura para la tolerancia.
Un día surgió la posibilidad de realizar la escultura en Tindaya, en Fuerteventura, la montaña donde la utopía podía ser realidad.
La escultura ayudaba a proteger la montaña sagrada.
El gran espacio creado dentro de ella no sería visible desde fuera, pero los hombres que penetraran en su corazón verían la luz del sol,
de la luna, dentro de una montaña volcada al mar y al horizonte, inalcanzable, necesario, inexistente ..."

Proyecto Tindaya (Fuerteventura)
Ese cubo vaciado mide 50x50x50 m.
Las figuras que se adivinan en la foto dan la proporción real.
Ese cubo vaciado mide 50x50x50 m.
Las figuras que se adivinan en la foto dan la proporción real.
El mejor resumen del concepto de su obra está en unas palabras
del poeta Jorge Guillén:
“Lo profundo es el aire”
Matar un adjetivo
Stefan Zweig, que se consideró siempre un ciudadano del mundo, recuerda en sus memorias, "El mundo de ayer", que cuando era joven, a principios del siglo XX, no había un documento que acreditase nacionalidades ni lugares de procedencia; que comerciantes, estudiantes, intelectuales y viajeros iban de Berlín a Londres, de Viena a París, a India o a Estados Unidos sin necesidad de visados. Eran años seguros y felices en los que la clase acomodada viajaba sin trabas.Los pasaportes son un invento moderno. Pero la idea de pertenecer a una comunidad, a un pueblo, a una nación es antigua, es de siempre. El ciudadano recibe tal nombre porque pertenece a una comunidad. La comunidad le ofrece una lengua, una cultura y una seguridad. El ciudadano crece en esta lengua, actúa y piensa según esta cultura. Defiende su orden y seguridad. Pero las comunidades no son un sistema cerrado. Aceptan nuevos miembros, se nutren de otras literaturas y músicas, se intercambian avances científicos, sienten curiosidad por otras formas de vivir y relacionarse. Aprecian los nuevos sabores, las diversas construcciones y arquitecturas, la variedad de escenarios y recursos que ofrece la naturaleza y las distintas formas de dominarla y aprovecharla. Todo ello es común y habitual? hasta que deja de serlo.
Shylock, el mercader de Venecia de la tragedia de Shakespeare, se convierte en "el judío" cuando su relación con "los nativos" se tuerce. Y cuando esto ocurre se pone en duda no sólo la posibilidad de que el extranjero tenga los mismos derechos, sino que tenga los mismos sentimientos, constitución física y capacidad intelectual. Se le niega su humanidad. Y el lamento rabioso de Shylock grita así: "¿Es que un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no está nutrido por los mismos alimentos, herido por las mismas armas, sujeto a las mismas enfermedades, curado por los mismos medios, calentado y enfriado por el mismo verano y por el mismo invierno que un cristiano? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos?".
La comunidad, el pueblo, la patria son conceptos por los que hay que pasar de puntillas, despacito y con cuidado. Cuando uno habla de su pueblo, su gente, detrás de este posesivo puede haber acumulada suficiente munición física y emocional como para querer negar la humanidad de quien no pertenece al mismo grupo. Las razones por las que la curiosidad por el otro se truncan y se convierten en un rabioso rechazo pueden ser diversas, pero los síntomas son claros: si nuestra forma de vestir no solamente nos gusta, sino que es la mejor; si nuestra lengua no sólo nos hace vibrar por la emoción del recuerdo de los primeros cuentos, sino que es la más antigua o la más rica y armoniosa; si no se sabe que se quiere lo propio precisamente por serlo, y pensamos que nuestro cariño por lo nuestro se debe a razones objetivas... el conflicto está servido.
Stefan Zweig observa también con un pánico que le llevará al suicidio cómo, con la subida del nazismo, ya no se le reconoce por su forma de andar y de escribir, por sus gustos musicales y sus amistades, por sus caprichos y habilidades, por su vestir pulcro y maneras educadas. Su compleja personalidad queda reducida a un solo adjetivo: judío. Y una vez reducido a tan poco es fácil prescindir de él. ¿Quién no se atreve a matar a un adjetivo y a todos a los que califica?
Este emotivo artículo es obra de Mariona Costa Orfila y apareció publicado en el diario La Vanguardia de Barcelona el 10 de diciembre de 2001.
En homenaje a Stefan Zweig de cuyo nacimiento celebramos su ciento veintisiete aniversario.
sábado, 20 de diciembre de 2008
Andrea Palladio: In memoriam
“La città non sia altro che una casa grande e per
lo contrario la casa, una città piccola”
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Andrea Palladio (Padova 1508 - Vicenza 1580)
. Libro II, capítulo 12
Venezia, 1570
. Libro II, capítulo 12
Venezia, 1570
Andrea di Pietro della Góndola, Andrea Palladio, arquitecto italiano del que se ha cumplido el 500 aniversario de su nacimiento en Padova, ha sido uno de los más grandes arquitectos de la historia y, sin lugar a dudas, el que más ha influido, en la arquitectura occidental.
Y rindo, por mi parte, este homenaje a la figura de Andrea Palladio por dos motivos que me afectan profesionalmente:
Es el primer arquitecto en la historia de la Arquitectura cuyos proyectos de villas venecianas y vicentinas son un precedente de los actuales proyectos de viviendas residenciales. Hasta su aparición, la arquitectura, entendida como tal, estaba reservada a los poderes políticos y religiosos.
También fue el primer arquitecto que supo conjugar la cultura de las formas con la consideración de los programas a cobijar. Por un lado poseía un gran conocimiento del mundo clásico y por otro consiguió resolver las necesidades que un programa de vivienda exigía y que, hasta entonces no habían sido consideradas. Ésta es la base de la tradición viva que no se queda en la mera repetición de formas brillantes sino que aporta soluciones a consideraciones técnicas o sociales.
Su influencia en la arquitectura europea, inglesa particularmente, y en la arquitectura americana es inmensa. Los edificios neoclásicos de la arquitectura federal de Estados Unidos tienen una clara influencia palladiana. Ello se debe a que Palladio creó la sabia conjunción, en cada edificio, de las formas arquitectónicas y de la expresión de la civilización conquistada y todo ello en un armonioso equilibrio.
Villa Capra (1566)
Podéis entrar y, al mismo tiempo, veréis crecer un edificio palladiano, en la web creada por elComitato Nazionale per il V Centenario della nascita di Andrea Palladio
http://www.andreapalladio500.it/
viernes, 19 de diciembre de 2008
Sunshine
martes, 8 de enero de 2008
La belleza de la arquitectura
Los edificios que vamos a proyectar, los que aún no existen, son bellos de por sí. Sólo es preciso ir vaciándolos, en el proyecto, de toda la fealdad que los envuelve.
Ir desnudándolos de lo banal, de lo accesorio.
Dejarlos limpios, para que sus espacios puedan manifestarse; para que, escuchándoles, podamos conseguir que sean lo que queremos que sean: dignos, dignos de ser considerados como espacios.
Porque los edificios nonatos necesitan nuestra ayuda para que nazcan bellos y no se conviertan en ese amasijo de espacios cerrados, sin interés, sin belleza, tristes, … sin padres.
Debemos convertirlos en edificios y espacios en los que sus habitantes encuentren el sosiego y la paz que da la belleza.
Porque todo esta allí, en el papel.
Sólo hay que descubrirlo.
Ir desnudándolos de lo banal, de lo accesorio.
Dejarlos limpios, para que sus espacios puedan manifestarse; para que, escuchándoles, podamos conseguir que sean lo que queremos que sean: dignos, dignos de ser considerados como espacios.
Porque los edificios nonatos necesitan nuestra ayuda para que nazcan bellos y no se conviertan en ese amasijo de espacios cerrados, sin interés, sin belleza, tristes, … sin padres.
Debemos convertirlos en edificios y espacios en los que sus habitantes encuentren el sosiego y la paz que da la belleza.
Porque todo esta allí, en el papel.
Sólo hay que descubrirlo.
lunes, 7 de enero de 2008
Una arquitectura limpia
Tras ofrecer, en mi página anterior Arquitectura contaminada una imagen un tanto fatalista de nuestro entorno arquitectónico y como contrapunto, querría complementar ese escrito con un enfoque más optimista. El estado de ánimo al escribirlo correspondía al producido por la rabia de observar cómo nuestros pueblos y ciudades se degradan sin necesidad debido a la desidia de profesionales interesados en sí mismos. A la rabia de ver cómo estos pueblos y ciudades han ido perdiendo sus señas de identidad para dejar paso a imágenes llenas de tópicos y pretensiones.
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Pero no todo el monte son zarzales. Hay una arquitectura válida, silenciosa. Basada en el trabajo razonado.
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Plutarco decía “Para saber hablar es preciso saber escuchar” y Antonio Machado, por su parte, completaba “Para dialogar, preguntad primero; después... escuchad”. Y estos dos principios, que son esencialmente el mismo, son los que muchos arquitectos aplican al realizar sus obras. Pero el verbo escuchar no debe aplicarse a la bolsa de los denarios sino a las personas que habitarán o se moverán en esas obras. Al lugar, a su historia, a su clima, a su cultura.
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Vemos, con demasiada frecuencia, edificios que bien podrían estar en cualquier otra parte del mundo, que son mero resultado de aplicar modas o mediocridades comerciales que proliferan en él. Un ejemplo: algunos clientes, movidos por fotografías espectaculares de espectaculares revistas, me piden ilusionados, sin saber lo que piden, grandes claraboyas en techos mediterráneos, que convertirían los interiores de sus casas en un infierno.
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Hay una arquitectura limpia, sin disfraces, sin modas artificiales o interesadas. Las fotos que encabezan este escrito son una muestra. Son casas de Coderch proyectadas alrededor de 1960 pero que conservan toda su vigencia y que son un ejemplo de Arquitectura limpia.
domingo, 6 de enero de 2008
Arquitectura contaminada
Este escrito se refiere a la trascendencia que la arquitectura tiene en nuestro entorno pues vivimos rodeados y dentro de la arquitectura.
Alguien, arquitecto o no, cuyo nombre no recuerdo, escribió en cierta ocasión: "La arquitectura es como el aire. Sin darnos cuenta respiramos arquitectura a todas horas: en casa, en el trabajo, por la calle, en el teatro, en la iglesia, en todas partes. Si lamentamos el aire contaminado, ¿por qué no lamentarnos también de la arquitectura contaminada?"
Los edificios que nos rodean deberían haber sido creados no tan sólo para cumplir su misión sino para enriquecer nuestra cultura. Su banalidad o calidad harán de nuestras ciudades entornos culturales o banales.
Y en mi profesión son muy abundantes (demasiado) los que, desde el inicio, eligieron el camino de la rentabilidad económica (la de ellos). Han hecho de la arquitectura un medio para ganar dinero, aportando lo imprescindible para que sus edificios puedan construirse no importa lo vulgares que sean. Y así, están llenas nuestras ciudades y pueblos, de arquitectura (por llamarla de alguna manera) tremendamente vulgar y anodina. Y la gente normal va acostumbrándose a esta visión y considerándola como lo normal.
Antiguamente, los edificios eran realizados por maestros de obra (antes de la aparición de los arquitectos) y, posteriormente por arquitectos, que amaban su profesión y dedicaban su tiempo, en primer lugar, a la dignidad de sus obras. Actualmente, eso que llaman la sociedad de consumo ha empujado a los arquitectos, constructores y promotores al dinero fácil. Y las consecuencias son las que son. Y lo peor, sin darnos cuenta de ello porque, en primer lugar, la escuela no ha enseñado nada al respecto. La asignatura de Historia del Arte (o como ahora se llame) se paraba en el Barroco o el Neoclásico. Si aparecía el arte moderno era resumido y mal explicado, entre otras cosas porque los maestros tampoco tenían buena formación al respecto.
Alguien, arquitecto o no, cuyo nombre no recuerdo, escribió en cierta ocasión: "La arquitectura es como el aire. Sin darnos cuenta respiramos arquitectura a todas horas: en casa, en el trabajo, por la calle, en el teatro, en la iglesia, en todas partes. Si lamentamos el aire contaminado, ¿por qué no lamentarnos también de la arquitectura contaminada?"
Los edificios que nos rodean deberían haber sido creados no tan sólo para cumplir su misión sino para enriquecer nuestra cultura. Su banalidad o calidad harán de nuestras ciudades entornos culturales o banales.
Y en mi profesión son muy abundantes (demasiado) los que, desde el inicio, eligieron el camino de la rentabilidad económica (la de ellos). Han hecho de la arquitectura un medio para ganar dinero, aportando lo imprescindible para que sus edificios puedan construirse no importa lo vulgares que sean. Y así, están llenas nuestras ciudades y pueblos, de arquitectura (por llamarla de alguna manera) tremendamente vulgar y anodina. Y la gente normal va acostumbrándose a esta visión y considerándola como lo normal.
Antiguamente, los edificios eran realizados por maestros de obra (antes de la aparición de los arquitectos) y, posteriormente por arquitectos, que amaban su profesión y dedicaban su tiempo, en primer lugar, a la dignidad de sus obras. Actualmente, eso que llaman la sociedad de consumo ha empujado a los arquitectos, constructores y promotores al dinero fácil. Y las consecuencias son las que son. Y lo peor, sin darnos cuenta de ello porque, en primer lugar, la escuela no ha enseñado nada al respecto. La asignatura de Historia del Arte (o como ahora se llame) se paraba en el Barroco o el Neoclásico. Si aparecía el arte moderno era resumido y mal explicado, entre otras cosas porque los maestros tampoco tenían buena formación al respecto.
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Aunque pueda no gustarle, una persona mínimamente culta conocerá la música de Mahler, Pau Casals y Duke Ellington, la poesía de García Lorca, Neruda y Machado.La pintura de Sorolla, Gauguin y Tàpies. Pero de arquitectura ¿qué conocen? ¿las catedrales góticas? Sin embargo, una parte del turismo tiene como meta los monumentos arquitectónicos. ¿Por qué este vacío, respecto lo actual? ¿Por qué esta falta de criterio para juzgar lo moderno? Tengo clientes cuyo máximo estético en coches es un Ferrari y, a cambio, te ponen como ejemplo a seguir en arquitectura las horteradas más espeluznantes.
Y, paralelamente, han ido apareciendo en nuestros paisajes edificios creados para la mayor gloria de las Administraciones. Cada ciudad que se precie ha de tener su monumento clasificado “¡Whuau!” (debe pronunciarse en voz alta y siguiendo las instrucciones de los signos de exclamación). Al más difícil todavía, al más alto o al más raro. Estas obras “geniales” cuyos autores, en general muy buenos arquitectos, son objeto del escrito de Coderch "No son genios lo que necesitamos ahora" (publicado en este blog) que, no olvidemos, redactó en 1960 y que parece premonitorio.
Conviven en nuestras ciudades la miseria cultural que nos rodea y la pretensión de asombro que nos distingue.
Y, paralelamente, han ido apareciendo en nuestros paisajes edificios creados para la mayor gloria de las Administraciones. Cada ciudad que se precie ha de tener su monumento clasificado “¡Whuau!” (debe pronunciarse en voz alta y siguiendo las instrucciones de los signos de exclamación). Al más difícil todavía, al más alto o al más raro. Estas obras “geniales” cuyos autores, en general muy buenos arquitectos, son objeto del escrito de Coderch "No son genios lo que necesitamos ahora" (publicado en este blog) que, no olvidemos, redactó en 1960 y que parece premonitorio.
Conviven en nuestras ciudades la miseria cultural que nos rodea y la pretensión de asombro que nos distingue.
Una de las diferencias entre un mal poeta y un mal arquitecto es que sus producciones tienen trascendencias públicas diferentes. La poesía permanece escondida para deleite del lector que la disfruta, sea buena o mala. La mala arquitectura la sufrimos todos … y, en su fealdad, crea estilo.
Las nuevas urbanizaciones, principalmente las costeras, son un buen ejemplo de ello: balaustradas de hormigón, pobre imitación de las de los palacios del siglo pasado, aplacados de piedra que pretenden sugerir la imagen de los antiguos castillos, pequeñas torres que imitan los torreones de defensa ante los piratas, frecuentes en la costa catalana, que constructores y promotores avispados ofrecen, como representación del más puro “estilo catalán”, a ignorantes y cándidos compradores extranjeros.
Y si nos vamos a la montaña la situación no mejora: falsos “chalets suizos”, uso de la piedra como elemento de distinción, o de ignorancia estética histórica, ya que los antiguos constructores destinaban la piedra vista únicamente para los cobertizos de animales, las casas se revestían de revoco para protegerse de la lluvia y del viento. Aún es posible observar en algunos pueblos que las antiguas casas estaban revocadas y pintadas al tiempo que las nuevas tienen sus fachadas realizadas con piedra para que les confiera un aspecto más rústico, más “auténtico”.
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Transcribo un escrito que leí y me gustó, aunque no recuerdo el autor, y que refleja mi sentir ante esas copias, baratas o caras, que inundan nuestros paisajes:
“¡Ya podéis construir copias de lo clásico y de lo antiguo!. El mármol rosado del palacio de los Dux , el oro viejo de las paredes de San Marcos y toda el agua y toda la piedra de Venecia son cosas que, una vez han sido vistas por el viajero, permanecen en él para siempre y entonces sí que se le esfuman todas las falsificaciones que intentan imitar lo inimitable.”
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Un arquitecto en general, no nace ni se hace. Simplemente se dedica a ello. La formación le da la capacidad suficiente para realizar su trabajo. Pero lo que realmente importa es su dedicación. El que la arquitectura actual sea tan “de consumo” se debe a que la mayoría de arquitectos no se dedican.
Hay, además, un problema añadido: para que pueda construirse un edificio se precisa la firma de un arquitecto. En general, los promotores prefieren profesionales “que no molesten”, que les permitan los máximos beneficios al mínimo coste. Un profesional que entra en este juego de mercado ¿para qué va a ocuparse de la dignidad de su proyecto, de la calidad de los espacios, de la composición de las fachadas, si lo que busca es que sus proyectos le sean rentables, tener la mayor cantidad posible y realizarlos en el menor tiempo?
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La pregunta de por qué este tipo de arquitectos son los triunfadores (económicamente) es muy fácil contestarla: Prescindiendo de las firmas más importantes de la pintura, la música y la literatura, ¿quién creen que es más popularmente famoso: un buen pintor, poeta, músico, o esos seudo artistas cuyas obras inundan el mercado de la canción del verano, libros de autoayuda o revistas del corazón y retratistas de famosos y la nobleza?
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(Las casas de las fotos NO son proyectos del autor)
jueves, 3 de enero de 2008
Las cosas pequeñas ...
Me gustan las cosas pequeñas. Las que no tienen pretensiones (casi siempre movidas por la vanidad), las que sirven de desarrollo y también de base a las cosas grandes que, sin ellas, son pretendidamente importantes, pero vacías.
En mi profesión, el estudio de cada detalle, aunque aparentemente intrascendente e insignificante, es lo que da calidad al conjunto.
No quiero decir con todo ello que una obra digna es sólo una suma de pequeños detalles. Ha de haber una jerarquía en los objetivos y en las ideas. Ha de haber una idea globalizadora que sintetice la solución a los problemas más importantes y la consecución de las metas principales.
Pero, una vez conseguida esta síntesis, una vez elaborado el anteproyecto que definirá el edificio, debemos continuar desarrollándolo y estudiar todas las soluciones a los problemas menores y aportar el máximo de ideas para enriquecer los espacios del futuro edificio.
Y, en la vida real, odio las grandes palabras. Las de salvación del alma. Las de salvación de la patria. Las que, tras pronunciadas, son olvidadas por el salvador del alma, por el salvador de la patria, sin que tengan continuación en la mejora del día a día.
Decir “¡Te amo hasta el infinito!” (incluso dicho sinceramente) pero, tras esas palabras, el respeto y la atención de cada día son sustituídos por grandes objetivos, inevitablemente fracasados porque no cuentan con el otro sino que sirven, casi siempre, para magnificar el ego del que los fija.
Por eso amo las pequeñas cosas, porque son el camino, para conseguir o no pero son camino, el respeto y cariño de los que nos rodean.
En mi profesión, el estudio de cada detalle, aunque aparentemente intrascendente e insignificante, es lo que da calidad al conjunto.
No quiero decir con todo ello que una obra digna es sólo una suma de pequeños detalles. Ha de haber una jerarquía en los objetivos y en las ideas. Ha de haber una idea globalizadora que sintetice la solución a los problemas más importantes y la consecución de las metas principales.
Pero, una vez conseguida esta síntesis, una vez elaborado el anteproyecto que definirá el edificio, debemos continuar desarrollándolo y estudiar todas las soluciones a los problemas menores y aportar el máximo de ideas para enriquecer los espacios del futuro edificio.
Y, en la vida real, odio las grandes palabras. Las de salvación del alma. Las de salvación de la patria. Las que, tras pronunciadas, son olvidadas por el salvador del alma, por el salvador de la patria, sin que tengan continuación en la mejora del día a día.
Decir “¡Te amo hasta el infinito!” (incluso dicho sinceramente) pero, tras esas palabras, el respeto y la atención de cada día son sustituídos por grandes objetivos, inevitablemente fracasados porque no cuentan con el otro sino que sirven, casi siempre, para magnificar el ego del que los fija.
Por eso amo las pequeñas cosas, porque son el camino, para conseguir o no pero son camino, el respeto y cariño de los que nos rodean.
"No son genios lo que necesitamos ahora"
Esta vez no son mías las palabras. Es la transcripción de un escrito del arquitecto José Antonio Coderch, cuya lectura, dos años después de su publicación, coincidió con mi primer curso de arquitectura. Considero a Coderch como mi verdadero maestro y tuve la inmensa suerte de trabajar durante cinco años en su despacho, en el que aprendí todo lo que sé de arquitectura. Sirva esta inclusión de sus palabras en mi blog como un homenaje a su persona, a sus obras, a sus ideas.
"Al escribir esto no es mi intención ni mi deseo sumarme a los que gustan de hablar y teorizar sobre Arquitectura. Pero después de veinte años de oficio, circunstancias imprevisibles me han obligado a concretar mis puntos de vista y a escribir modestamente lo que sigue:
Un viejo y famoso arquitecto americano, si no recuerdo mal, le decía a otro mucho más joven que le pedía consejo: "Abre bien los ojos, mira, es mucho más sencillo de lo que imaginas." También le decía: "Detrás de cada edificio que ves hay un hombre que no ves." Un hombre; no decía siquiera un arquitecto.
No, no creo que sean genios lo que necesitamos ahora. Creo que los genios son acontecimientos, no metas o fines. Tampoco creo que necesitemos pontífices de la Arquitectura, ni grandes doctrinarios, ni profetas, siempre dudosos. Algo de tradición viva está todavía a nuestro alcance, y muchas viejas doctrinas morales en relación con nosotros mismos y con nuestro oficio o profesión de arquitectos (y empleo estos términos en su mejor sentido tradicional). Necesitamos aprovechar lo poco que de tradición constructiva y, sobre todo, moral ha quedado en esta época en que las más hermosas palabras han perdido prácticamente su real y verdadera significación.
Necesitamos que miles y miles de arquitectos que andan por el mundo piensen menos en Arquitectura (en mayúscula), en dinero o en las ciudades del año 2000, y más en su oficio de arquitecto. Que trabajen con una cuerda atada al pie, para que no puedan ir demasiado lejos de la tierra en la que tienen raíces, y de los hombres que mejor conocen, siempre apoyándose en una base firme de dedicación, de buena voluntad y de honradez (honor).
Tengo el convencimiento de que cualquier arquitecto de nuestros días, medianamente dotado, preparado o formado, si puede entender esto también puede fácilmente realizar una obra verdaderamente viva. Esto es para mí lo más importante, mucho más que cualquier otra consideración o finalidad, sólo en apariencia de orden superior.
Creo que nacerá una auténtica y nueva tradición viva de obras que pueden ser diversas en muchos aspectos, pero que habrán sido llevadas a cabo con un profundo conocimiento de lo fundamental y con una gran conciencia, sin preocuparse del resultado final que, afortunadamente, en cada caso se nos escapa y no es un fin en sí, sino una consecuencia.
Creo que para conseguir estas cosas hay que desprenderse antes de muchas falsas ideas claras, de muchas palabras e ideas huecas y trabajar de uno en uno, con la buena voluntad que se traduce en acción propia y enseñanza, más que en doctrinarismo. Creo que la mejor enseñanza es el ejemplo; trabajar vigilando continuamente para no confundir la flaqueza humana, el derecho a equivocarse -capa que cubre tantas cosas-, con la voluntaria ligereza, la inmoralidad o el frío cálculo del trepador.
Imagino a la sociedad como una especie de pirámide, en cuya cúspide estuvieran los mejores y menos numerosos, y en la amplia base las masas. Hay una zona intermedia en la que existen gentes de toda condición que tienen conciencia de algunos valores de orden superior y están decididos a obrar en consecuencia. Estas gentes son aristócratas y de ellos depende todo. Ellos enriquecen la sociedad hacia la cúspide con obras y palabras, y hacia la base con el ejemplo, ya que las masas sólo se enriquecen por respeto o mimetismo. Esta aristocracia, hoy, prácticamente no existe, ahogada en su mayor parte por el materialismo y la filosofía del éxito. Solían decirme mis padres que un caballero, un aristócrata es la persona que no hace ciertas cosas, aun cuando la Ley, la Iglesia y la mayoría las aprueben o las permitan. Cada uno de nosotros, si tenemos conciencia de ello, debemos individualmente constituir una nueva aristocracia. Este es un problema urgente, tan apremiante que debe ser acometido en seguida. Debemos empezar pronto y después ir avanzando despacio sin desánimo. Lo principal es empezar a trabajar y entonces, sólo entonces, podremos hablar de ello.
Al dinero, al éxito, al exceso de propiedad o de ganancias, a la ligereza, la prisa, la falta de vida espiritual o de conciencia hay que enfrentar la dedicación, el oficio, la buena voluntad, el tiempo, el pan de cada día y, sobre todo, el amor, que es aceptación y entrega, no posesión y dominio. A esto hay que aferrarse.
Se considera que cultura o formación arquitectónica es ver, enseñar o conocer más o menos profundamente las realizaciones, los signos exteriores de riqueza espiritual de los grandes maestros. Se aplican a nuestro oficio los mismos procedimientos de clasificación que se emplean (signos exteriores de riqueza económica) en nuestra sociedad capitalista. Luego nos lamentamos de que ya no hay grandes arquitectos menores de sesenta años, de que la mayoría de los arquitectos son malos, de que las nuevas urbanizaciones resultan antihumanas casi sin excepción en todo el mundo, de que se destrozan nuestras viejas ciudades y se construyen casas y pueblos como decorados de cine a lo largo de nuestras hermosas costas mediterráneas.
Es por lo menos curioso que se hable y se publique tanto acerca de los signos exteriores de los grandes maestros (signos muy valiosos en verdad), y no se hable apenas de su valor moral. ¿No es extraño que se hable o escriba de sus flaquezas como cosas curiosas o equívocas y se oculte como tema prohibido o anecdótico su posición ante la vida y ante su trabajo?
¿No es curioso también que tengamos aquí, muy cerca, a Gaudí (yo mismo conozco a personas que han trabajado con él) y se hable tanto de su obra y tan poco de su posición moral y de su dedicación?
Es más curioso todavía el contraste entre lo mucho que se valora la obra de Gaudí, que no está a nuestro alcance, y el silencio o ignorancia de la moral o la posición ante el problema de Gaudí, que esto sí está al alcance de todos nosotros.
Con grandes maestros de nuestra época pasa prácticamente lo mismo. Se admiran sus obras, o , mejor dicho, las formas de sus obras y nada más, sin profundizar para buscar en ellas lo que tienen dentro, lo más valioso, que es precisamente lo que está a nuestro alcance. Claro está que esto supone aceptar nuestro propio techo o límite, y esto no se hace así porque casi todos los arquitectos quieren ganar mucho dinero o ser Le Corbusier; y esto el mismo año en que acaban sus estudios. Hay aquí un arquitecto, recién salido de la Escuela, que ha publicado ya una especie de manifiesto impreso en papel valioso después de haber diseñado una silla, si podemos llamarla así.
La verdadera cultura espiritual de nuestra profesión siempre ha sido patrimonio de unos pocos. La postura que permite el acceso a esta cultura es patrimonio de casi todos, y esto no lo aceptamos, como no aceptamos tampoco el comportamiento cultural, que debería ser obligatorio y estar en la conciencia de todos.
Antiguamente el arquitecto tenía firmes puntos de apoyo. Existían muchas cosas que no eran aceptadas por la mayoría como buenas o, en todo caso, como inevitables, y la organización de la sociedad, tanto en sus problemas sociales como económicos, religiosos, políticos, etc., evolucionaba lentamente. Existía, por otra parte, más dedicación, menos orgullo y una tradición viva en la que apoyarse. Con todos sus defectos, las clases elevadas tenían un concepto más claro de su misión, y rara vez se equivocaban en la elección de los arquitectos de valía; así, la cultura espiritual se propagaba naturalmente. Las pequeñas ciudades crecían como plantas, en formas diferentes, pero con lentitud y colmándose de vida colectiva. Rara vez existía ligereza, improvisación o irresponsabilidad. Se realizaban obras de todas clases que tenían un valor humano que se da hoy muy excepcionalmente. A veces, pero no con frecuencia, se planteaban problemas de crecimiento, pero afortunadamente sin esa sensación, que hoy no podemos evitar, de que la evolución de la sociedad es muy difícil de prever como no sea a muy corto plazo.
Hoy día las clases dirigentes han perdido el sentido de su misión, y tanto la aristocracia de la sangre como la del dinero, pasando sobre todo por la de la inteligencia, la de la política y la de la Iglesia o iglesias, salvo rarísimas y personales excepciones contribuyen decisivamente, por su inutilidad, espíritu de lucro, ambición de poder y falta de conciencia de sus responsabilidades al desconcierto arquitectónico actual.
Por otra parte, las condiciones sobre las cuales tenemos que basar nuestro trabajo varían continuamente. Existen problemas religiosos, morales, sociales, económicos, de enseñanza, de familia, de fuentes de energía, etcétera, que pueden modificar de forma imprevisible la faz y la estructura de nuestra sociedad (son posibles cambios brutales cuyo sentido se nos escapa) y que impiden hacer previsiones honradas a largo plazo.
Como he dicho ya en líneas anteriores, no tenemos la clara tradición viva que es imprescindible para la mayoría de nosotros. Las experiencias llevadas a cabo hasta ahora y que indudablemente en ciertos casos han representado una gran aportación, no son suficientes para que de ellas se desprenda el camino imprescindible que haya de seguir la gran mayoría de los arquitectos que ejerce su oficio en todo el mundo. A falta de esta clara tradición viva, y en el mejor de los casos, se busca la solución en formalismos, en la aplicación rigurosa del método o la rutina y en los tópicos de gloriosos y viejos maestros de la arquitectura actual, prescindiendo de su espíritu, de su circunstancia y, sobre todo, ocultando cuidadosamente con grandes y magníficas palabras nuestra gran irresponsabilidad (que a menudo sólo es falta de pensar), nuestra ambición y nuestra ligereza. Es ingenuo creer, como se cree, que el ideal y la práctica de nuestra profesión pueden condensarse en slogans como el del sol, la luz, el aire, el verde, lo social y tantos otros. Una base formalista y dogmática, sobre todo si es parcial, es mala en sí, salvo en muy raras y catastróficas ocasiones. De todo esto se deduce, a mi juicio, que en los caminos diversos que sigue cada arquitecto consciente tiene que haber algo común, algo que debe estar en todos nosotros. Y aquí vuelvo al principio de esto que he escrito, sin ánimo de dar lecciones a nadie, con una profunda y sincera convicción."
José Antonio Coderch, 1960
Este artículo lo escribió Coderch, dirigido a estudiantes de arquitectura cuya mayoría se imaginaban y deseaban ser genios y estrellas. Fue un intento de situarlos a ras de tierra, donde vive el hombre.
Confieso que los cinco años que pasé en su despacho representaron algo semejante a las vivencias en un monasterio, en este caso dedicado a la arquitectura. Todo lo que sé, poco o mucho, lo aprendí allí pues tuve la suerte añadida que no era un gran despacho, en el sentido de tamaño o número de colaboradores, ya que sólo éramos dos estudiantes trabajando allí, codo con codo con el maestro. Lo dicho, inenarrable.
"Al escribir esto no es mi intención ni mi deseo sumarme a los que gustan de hablar y teorizar sobre Arquitectura. Pero después de veinte años de oficio, circunstancias imprevisibles me han obligado a concretar mis puntos de vista y a escribir modestamente lo que sigue:
Un viejo y famoso arquitecto americano, si no recuerdo mal, le decía a otro mucho más joven que le pedía consejo: "Abre bien los ojos, mira, es mucho más sencillo de lo que imaginas." También le decía: "Detrás de cada edificio que ves hay un hombre que no ves." Un hombre; no decía siquiera un arquitecto.
No, no creo que sean genios lo que necesitamos ahora. Creo que los genios son acontecimientos, no metas o fines. Tampoco creo que necesitemos pontífices de la Arquitectura, ni grandes doctrinarios, ni profetas, siempre dudosos. Algo de tradición viva está todavía a nuestro alcance, y muchas viejas doctrinas morales en relación con nosotros mismos y con nuestro oficio o profesión de arquitectos (y empleo estos términos en su mejor sentido tradicional). Necesitamos aprovechar lo poco que de tradición constructiva y, sobre todo, moral ha quedado en esta época en que las más hermosas palabras han perdido prácticamente su real y verdadera significación.
Necesitamos que miles y miles de arquitectos que andan por el mundo piensen menos en Arquitectura (en mayúscula), en dinero o en las ciudades del año 2000, y más en su oficio de arquitecto. Que trabajen con una cuerda atada al pie, para que no puedan ir demasiado lejos de la tierra en la que tienen raíces, y de los hombres que mejor conocen, siempre apoyándose en una base firme de dedicación, de buena voluntad y de honradez (honor).
Tengo el convencimiento de que cualquier arquitecto de nuestros días, medianamente dotado, preparado o formado, si puede entender esto también puede fácilmente realizar una obra verdaderamente viva. Esto es para mí lo más importante, mucho más que cualquier otra consideración o finalidad, sólo en apariencia de orden superior.
Creo que nacerá una auténtica y nueva tradición viva de obras que pueden ser diversas en muchos aspectos, pero que habrán sido llevadas a cabo con un profundo conocimiento de lo fundamental y con una gran conciencia, sin preocuparse del resultado final que, afortunadamente, en cada caso se nos escapa y no es un fin en sí, sino una consecuencia.
Creo que para conseguir estas cosas hay que desprenderse antes de muchas falsas ideas claras, de muchas palabras e ideas huecas y trabajar de uno en uno, con la buena voluntad que se traduce en acción propia y enseñanza, más que en doctrinarismo. Creo que la mejor enseñanza es el ejemplo; trabajar vigilando continuamente para no confundir la flaqueza humana, el derecho a equivocarse -capa que cubre tantas cosas-, con la voluntaria ligereza, la inmoralidad o el frío cálculo del trepador.
Imagino a la sociedad como una especie de pirámide, en cuya cúspide estuvieran los mejores y menos numerosos, y en la amplia base las masas. Hay una zona intermedia en la que existen gentes de toda condición que tienen conciencia de algunos valores de orden superior y están decididos a obrar en consecuencia. Estas gentes son aristócratas y de ellos depende todo. Ellos enriquecen la sociedad hacia la cúspide con obras y palabras, y hacia la base con el ejemplo, ya que las masas sólo se enriquecen por respeto o mimetismo. Esta aristocracia, hoy, prácticamente no existe, ahogada en su mayor parte por el materialismo y la filosofía del éxito. Solían decirme mis padres que un caballero, un aristócrata es la persona que no hace ciertas cosas, aun cuando la Ley, la Iglesia y la mayoría las aprueben o las permitan. Cada uno de nosotros, si tenemos conciencia de ello, debemos individualmente constituir una nueva aristocracia. Este es un problema urgente, tan apremiante que debe ser acometido en seguida. Debemos empezar pronto y después ir avanzando despacio sin desánimo. Lo principal es empezar a trabajar y entonces, sólo entonces, podremos hablar de ello.
Al dinero, al éxito, al exceso de propiedad o de ganancias, a la ligereza, la prisa, la falta de vida espiritual o de conciencia hay que enfrentar la dedicación, el oficio, la buena voluntad, el tiempo, el pan de cada día y, sobre todo, el amor, que es aceptación y entrega, no posesión y dominio. A esto hay que aferrarse.
Se considera que cultura o formación arquitectónica es ver, enseñar o conocer más o menos profundamente las realizaciones, los signos exteriores de riqueza espiritual de los grandes maestros. Se aplican a nuestro oficio los mismos procedimientos de clasificación que se emplean (signos exteriores de riqueza económica) en nuestra sociedad capitalista. Luego nos lamentamos de que ya no hay grandes arquitectos menores de sesenta años, de que la mayoría de los arquitectos son malos, de que las nuevas urbanizaciones resultan antihumanas casi sin excepción en todo el mundo, de que se destrozan nuestras viejas ciudades y se construyen casas y pueblos como decorados de cine a lo largo de nuestras hermosas costas mediterráneas.
Es por lo menos curioso que se hable y se publique tanto acerca de los signos exteriores de los grandes maestros (signos muy valiosos en verdad), y no se hable apenas de su valor moral. ¿No es extraño que se hable o escriba de sus flaquezas como cosas curiosas o equívocas y se oculte como tema prohibido o anecdótico su posición ante la vida y ante su trabajo?
¿No es curioso también que tengamos aquí, muy cerca, a Gaudí (yo mismo conozco a personas que han trabajado con él) y se hable tanto de su obra y tan poco de su posición moral y de su dedicación?
Es más curioso todavía el contraste entre lo mucho que se valora la obra de Gaudí, que no está a nuestro alcance, y el silencio o ignorancia de la moral o la posición ante el problema de Gaudí, que esto sí está al alcance de todos nosotros.
Con grandes maestros de nuestra época pasa prácticamente lo mismo. Se admiran sus obras, o , mejor dicho, las formas de sus obras y nada más, sin profundizar para buscar en ellas lo que tienen dentro, lo más valioso, que es precisamente lo que está a nuestro alcance. Claro está que esto supone aceptar nuestro propio techo o límite, y esto no se hace así porque casi todos los arquitectos quieren ganar mucho dinero o ser Le Corbusier; y esto el mismo año en que acaban sus estudios. Hay aquí un arquitecto, recién salido de la Escuela, que ha publicado ya una especie de manifiesto impreso en papel valioso después de haber diseñado una silla, si podemos llamarla así.
La verdadera cultura espiritual de nuestra profesión siempre ha sido patrimonio de unos pocos. La postura que permite el acceso a esta cultura es patrimonio de casi todos, y esto no lo aceptamos, como no aceptamos tampoco el comportamiento cultural, que debería ser obligatorio y estar en la conciencia de todos.
Antiguamente el arquitecto tenía firmes puntos de apoyo. Existían muchas cosas que no eran aceptadas por la mayoría como buenas o, en todo caso, como inevitables, y la organización de la sociedad, tanto en sus problemas sociales como económicos, religiosos, políticos, etc., evolucionaba lentamente. Existía, por otra parte, más dedicación, menos orgullo y una tradición viva en la que apoyarse. Con todos sus defectos, las clases elevadas tenían un concepto más claro de su misión, y rara vez se equivocaban en la elección de los arquitectos de valía; así, la cultura espiritual se propagaba naturalmente. Las pequeñas ciudades crecían como plantas, en formas diferentes, pero con lentitud y colmándose de vida colectiva. Rara vez existía ligereza, improvisación o irresponsabilidad. Se realizaban obras de todas clases que tenían un valor humano que se da hoy muy excepcionalmente. A veces, pero no con frecuencia, se planteaban problemas de crecimiento, pero afortunadamente sin esa sensación, que hoy no podemos evitar, de que la evolución de la sociedad es muy difícil de prever como no sea a muy corto plazo.
Hoy día las clases dirigentes han perdido el sentido de su misión, y tanto la aristocracia de la sangre como la del dinero, pasando sobre todo por la de la inteligencia, la de la política y la de la Iglesia o iglesias, salvo rarísimas y personales excepciones contribuyen decisivamente, por su inutilidad, espíritu de lucro, ambición de poder y falta de conciencia de sus responsabilidades al desconcierto arquitectónico actual.
Por otra parte, las condiciones sobre las cuales tenemos que basar nuestro trabajo varían continuamente. Existen problemas religiosos, morales, sociales, económicos, de enseñanza, de familia, de fuentes de energía, etcétera, que pueden modificar de forma imprevisible la faz y la estructura de nuestra sociedad (son posibles cambios brutales cuyo sentido se nos escapa) y que impiden hacer previsiones honradas a largo plazo.
Como he dicho ya en líneas anteriores, no tenemos la clara tradición viva que es imprescindible para la mayoría de nosotros. Las experiencias llevadas a cabo hasta ahora y que indudablemente en ciertos casos han representado una gran aportación, no son suficientes para que de ellas se desprenda el camino imprescindible que haya de seguir la gran mayoría de los arquitectos que ejerce su oficio en todo el mundo. A falta de esta clara tradición viva, y en el mejor de los casos, se busca la solución en formalismos, en la aplicación rigurosa del método o la rutina y en los tópicos de gloriosos y viejos maestros de la arquitectura actual, prescindiendo de su espíritu, de su circunstancia y, sobre todo, ocultando cuidadosamente con grandes y magníficas palabras nuestra gran irresponsabilidad (que a menudo sólo es falta de pensar), nuestra ambición y nuestra ligereza. Es ingenuo creer, como se cree, que el ideal y la práctica de nuestra profesión pueden condensarse en slogans como el del sol, la luz, el aire, el verde, lo social y tantos otros. Una base formalista y dogmática, sobre todo si es parcial, es mala en sí, salvo en muy raras y catastróficas ocasiones. De todo esto se deduce, a mi juicio, que en los caminos diversos que sigue cada arquitecto consciente tiene que haber algo común, algo que debe estar en todos nosotros. Y aquí vuelvo al principio de esto que he escrito, sin ánimo de dar lecciones a nadie, con una profunda y sincera convicción."
José Antonio Coderch, 1960
Este artículo lo escribió Coderch, dirigido a estudiantes de arquitectura cuya mayoría se imaginaban y deseaban ser genios y estrellas. Fue un intento de situarlos a ras de tierra, donde vive el hombre.
Confieso que los cinco años que pasé en su despacho representaron algo semejante a las vivencias en un monasterio, en este caso dedicado a la arquitectura. Todo lo que sé, poco o mucho, lo aprendí allí pues tuve la suerte añadida que no era un gran despacho, en el sentido de tamaño o número de colaboradores, ya que sólo éramos dos estudiantes trabajando allí, codo con codo con el maestro. Lo dicho, inenarrable.
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