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jueves, 3 de enero de 2008

Cuadernos de viaje (Caribe)

Hacia el año 1982, en Barcelona y sin muchos clientes (eran años de vacas flacas preolímpicas), entre los pocos que tenía había un francés afincado en Andorra y con proyectos en Roses y Empuriabrava. El esfuerzo de controlar obras desde Barcelona era muy superior al resultado. No podía hacer lo que siempre me ha gustado: pasear por las obras en sábado o domingo, cuando no hay nadie, por estudiar sin interferencias cómo podría mejorarse y cómo se hubiera podido mejorar (siempre aprendiendo). Las visitas de obra, entre semana, se convierten generalmente en turnos de preguntas y respuestas sin tranquilidad para examinar a fondo la obra. Y perdía miserablemente el tiempo si iba a Roses y el constructor no se presentaba, cosa que ocurría frecuentemente.
Y mi cliente francés se desesperaba por no poder atender debidamente a posibles compradores (en la zona de Roses, en pleno auge, siempre se vendía sobre plano) ni poder estudiar otras inversiones en esa zona que, en aquel tiempo, parecía Las Vegas.
Un día nos pusimos a llorar, él y yo, pensando lo felices que seríamos si montáramos un chiringuito en Roses. Y dicho y hecho. Yo soy muy animoso para estas cosas y además pensaba que a mi relación con mi pareja le iría de perlas montar una nueva vida a 150 km de su madre.
Proyecté una oficina con dos zonas: una, comercial, para que una persona dependiente de mi cliente francés perpetrara toda la gestión de ventas y otra dedicada a despacho de arquitectura. El acuerdo era de independencia total. Yo compensaba el disponer de un local libre de gastos con la supervisión sobre lo que en la otra parte se hacía: El francés me tenía confianza y desconfiaba de vendedores profesionales a comisión que, por conseguir la pequeña ganancia de la comisión de venta, eran capaces de prometer cualquier cosa a compradores incautos y luego todo eran problemas (ya tenía experiencia en ello).
El compromiso por su parte era poner un equipo de ventas que se ocupara de menesteres comerciales y el mío era el apoyo técnico al mismo (ver características urbanísticas de futuras inversiones, responder a dudas de materiales y acabados, vigilar que no vendieran la casa habitada en lugar de la que estaba en proyecto, etc.).
Pero como mi cliente era, así mismo, un vendedor nato me "vendió la moto" en lo referente al "equipo de ventas" que resultó ser un adorable anciano del Midi francés que sentía constantemente el ansia de explicarnos sus proezas comerciales, las cuales no nos interesaban, evidentemente, nada.
Pasaron tres meses de infausto recuerdo, aunque compartidos con mi pareja en época de máxima felicidad (la mía, creo). Decidimos, de mutuo acuerdo, separarnos del cliente francés y montar un despacho en Roses cuya calidad de vida, que no de arquitectura, era evidente. Éramos conscientes de que la demanda de trabajo digno era escasa pero como éramos casi los únicos en ofrecerlo, preveíamos que no nos faltaría trabajo. ...¡Y el entorno era maravilloso!.
El cliente francés se quedó muy compungido y con evidente sensación de culpabilidad. Como nuestra relación profesional continuaba nos ofreció, para compensar nuestros sacrificios del verano, un viaje en yate privado por el Caribe. Tenía un velero de 2 palos y 16 m de eslora, a medias con un socio y su mujer, que hacían de capitán pescador y cocinera, acondicionado para 6 personas en crucero de lujo (3 camarotes dobles, baños independientes, servicio de comida incluido). Mi cliente tenía reservado un mes al año, en febrero, para disfrutar de su otro foco de beneficios.
... Y allá fui con mi pareja.
Mi cliente, su mujer, mi pareja y yo llegamos en avión, vía Paris, a una pequeña isla con aeropuerto (St. Martin creo) donde nos esperaba el capitán-socio de mi anfitrión y su mujer con el barco en el que, pretendidamente, íbamos a pasar un mes de ensueño.
Recorrimos las pequeñas Antillas, grandes islas (Martinica y Guadalupe) y pequeñas islas. Era como en las postales.
El programa diario era, invariablemente, el mismo: Salíamos a vela (los vientos alisios nos acompañaban permanentemente: es un viento constante no como esta exageración de tramontana dominante en Roses). Travesía de dos o tres horas, fondeábamos en una isla, el descerebrado que escribe se iba nadando hasta la playa y hacía footing una hora en pleno mediodía del trópico. Era un placer sentir el calor del sol casi como un sólido en la piel. ¿Se comprende mi inadaptación al frío de Ucrania? (Ver “Cuadernos de viaje: Ucrania” colgado en este blog). Mientras, el capitán con su equipo de pesca submarina (sin bombonas) nos buscaba el sustento diario. Probamos todos los pescados imaginables preparados de mil maneras. Tras la siesta, cóctel de ron (el ron fue un descubrimiento: nada que ver con lo que importan a España) y puesta de sol (que en el trópico tiene una luz especial). Y hasta el día siguiente.
Hubo una historia emocionante: Nos habían informado que en un atolón había una ballena que no podía salir ... y allá fuimos. Fondeamos cerca de donde se veían los surtidores de agua de su respiración y en Zodiac llegamos aún más cerca. Nos pusimos aletas y gafas y nos encontramos con una de las sensaciones más intensas de mi vida: ver que, por debajo de tí, pasa un inmenso animal, a pocos metros. Era una ballena "rorcual" de unos 20 m de longitud (o al menos a mí me lo pareció). ¡Impresionante!. Antes de volver para Barcelona hicimos una escapada al mismo lugar y allí seguía todavía.
En muchas ocasiones, mientras nadábamos junto a la playa de diversas islas veíamos, recostados en el fondo, ¡tiburones!. No muy grandes … pero tiburones. Parece ser que son totalmente inofensivos. Que en aquel entorno jamás tienen el hambre necesaria para atacar al hombre, pero ...
Las Pequeñas Antillas se dividen, aparte de Martinica y Guadalupe, en pequeñas islas pobladas y muy verdes (con agua) y en desiertas (sin agua). Los habitantes son descendientes de los esclavos que huyeron del Sur de los USA o de los barcos negreros que venían de África. Entre todos se cargaron a todos los primitivos habitantes. Y, como consecuencia de su historia, consideran el trabajo como un recuerdo de la antigua esclavitud de sus antepasados. No hay agricultura (excepto caña de azúcar para fabricar ron), ni industria (excepto destilerías de ron con imagen y apariencia prehistórica), ni pesca (sólo pequeñas barcas de 1 ó 2 personas, sin nada que ver con la flota pesquera de nuestras costas. ¡Suerte para sus peces!), ni artesanía ni nada. Los mercados se componen de fruta y productos "made in Taiwan".
No hubo mucho más. Paisajes de postal pero sin vida. Un poco (muy, demasiado) turísticos. Y eso que no íbamos como un viaje organizado sino acompañados por el capitán del barco que conocía todo aquello al dedillo. Pero faltaba vida.
... Acabé añorando los pueblos del Mediterráneo, con siglos de civilización a cuestas.

jueves, 27 de diciembre de 2007

Cuadernos de viaje (Ucrania)

En el año 2000, inaugurando el milenio, un cliente alemán decidió ampliar sus horizontes (económicos, no culturales, por aquí mis clientes no tienen esos vicios) y se encaminó a la Europa del Este. Estableció contactos en Ucrania, ex república de la extinta Unión Soviética y se llevó a su "artista invitado" (de nuevo, un servidor)

El primer proyecto fue montar un hotel en Kirovograd de 300.000 almas y situada entre Odesa (Mar Negro) y Kiev (capital). El hotel tendría nombre ucranio pero en la planta baja se montaría una pizzería cuyo nombre sería ¡Catalunya! (sin exclamación en el original). Yo no tuve nada que ver con esta elección ni con esas ínfulas nacionalistas (?) entre un alemán y un ucranio.

El socio del lugar, cuyo nombre silencio por seguridad (la mía), era un político afamado y, a diferencia de Zimbabwe en que nos acompañaban elefantes, allí íbamos permanentemente acompañados por una cohorte de guardaespaldas armados visiblemente. He de reconocer que añoraba la mirada inteligente de los animales del viaje anterior. Todo esto es real, no fruto de mi fantasía (no tengo tanta).

Recogidos todos los datos del lugar me fui de nuevo a casa, realicé el proyecto y procedimos a su ejecución. Debo aclarar que se trataba tan sólo del equipamiento y la decoración pues el edificio era un mamotreto oficial y llevaban construyéndolo (rehabilitándolo pues era antiguo) desde hacía tres años (lo hacen todo muy bien pero son muy lentos y para hacer un taladro necesitan dos o tres personas, casi todos ingenieros: residuos de su anterior vida política en la que todos eran funcionarios).
Como en esa ciudad no podía comprarse ni una bombilla (como después explico) se envió todo desde Barcelona para su montaje.

Un paréntesis histórico que explica lo anterior: En la época en que Ucrania pertenecía a la URSS se la consideraba "el granero de Rusia" pues sólo desarrollaba la agricultura. Al independizarse, la ausencia de toda tecnología era palpable ya que no existía industria de ningún tipo. La excepción fue la central nuclear de Chernobyl, en el norte del país, de infausto recuerdo.

Empaquetado todo en Barcelona para su montaje, nos desplazamos de nuevo al lugar con la suerte añadida de que aquello sucedió en febrero. Kirovograd tiene la misma latitud que París pero, en invierno, el viento dominante viene de Siberia y, en los quince días que estuvimos, la temperatura media exterior rondaba los -40º. ¡Fué toda una experiencia! (dura, por cierto) Yo creía que esta temperatura se notaría mucho en la piel en contacto con el exterior. Pues no. Notas que hace frío pero no adivinas cuánto. La diferencia es que, bien abrigado, a 0ª te hielas al cabo de una hora y a -40º te hielas a los cinco minutos. He de reconocer que entrar cada día en el hotel en que dormíamos suponía un gran alivio pues su interior estaba a 0º (bueno quizás exagero un poco, quizás estaba a 10º, que para un interior de hotel, el mejor de la ciudad, no estaba nada mal, bien mirado). Creo que el último turista que les había visitado fué Miguel Strogoff.

Aunque no nevó esos días, calles y aceras estaban absolutamente heladas. El hotel donde intentábamos dormir y el futuro hotel donde trabajábamos estaban separados unos 100 m ¡Pero qué largos se nos hacían! Hay que imagínar el efecto que hacía ver 3 ó 4 señores hechos y derechos (bueno, esto último no tanto) andando, patinando más bien, como patos mareados, poniendo los cinco sentidos y mirando fijamente dónde poníamos los pies como si en ello nos fuera la vida (que nos iba). ¡Vaya estampa! Tuvimos que ocultar, por dignidad nacional, todo lo que podía identificarnos con nuestro país de origen. Mientras, a nuestro lado, nos adelantaban especímenes femeninos con piernas larguísimas, faldas cortísimas y tacones de aguja (!) andando a velocidad de vértigo. Nos sentíamos muy poca cosa, la verdad. ¿Para eso tantos años toreando?. Y ¡qué diferente de las estepas africanas!.

En el interior del futuro hotel la temperatura era muy agradable pues ya funcionaban las instalaciones y el aire acondicionado era de última generación (había mucho dinero). ¡Cómo añorábamos este habitat cuando acabábamos en el mesón en que dormíamos (o lo intentábamos)!. Cada día, al volver por la tarde (como los siete enanitos), llenaba la bañera de agua muy caliente y me sumergía en ella para que pasaran a mi cuerpo algunos de los grados que le sobraban al agua. No siempre lo conseguía. Y además no había ninguna Blancanieves que me arropara. Dormía (?) como una cebolla envuelto en varias y diversas capas de tejidos pretendidamente aislantes en condiciones climatológicas normales pero que allí ... Un día, con su noche correspondiente, se estropeó el sistema de agua caliente del hotel y de sus grifos ya no manaban aquellos grados objeto de intercambio. Pero esa noche no puedo describírla pues recordarla me hace mucho daño y mi psiquiatra me ha prohibido que la rememore. Quizás al lado de una mujer hermosa, y con mucho mimo por su parte, pueda hacerlo.

Cuando por fin llegaron todos los enseres, muebles, lámparas, lencería y demás, de Barcelona observamos que los naturales del lugar se abalanzaban como posesos sobre los envoltorios de plástico y porexpán. Era natural, era más preciado y necesario para su supervivencia y la de su familia todos aquellos plásticos de bolitas de aire que los otros bienes totalmente superfluos para ellos en aquel clima. En recorridos por la ciudad comprobamos que habían abundantes zonas con barracas de chapas metálicas recubiertas con cartones y comprendimos el efecto del porexpán. Un apunte: El índice medio de formación era muy alto. Casi todos los que trabajaban en el hotel tenían el título de ingeniero técnico de grado medio pues la enseñanza era gratuita hasta el último grado de formación. A cambio las condiciones económicas eran muy duras. El encargado general que controlaba 20 ó 30 trabajadores ganaba unos 100 € al mes.

Haciendo honor al nombre del restaurante me traje un pintor del Empordà, especializado en frescos, que llenó de paisajes de mar y barcas las paredes del local. El efecto, a largo plazo, de aquellas visiones mediterráneas en las retinas esteparias no he podido comprobarlo.

Una vez todo montado vimos que quedaba muy bonito y muy fino, aunque un poco oscuro ya que no pudimos encender una sola lámpara. Pensábamos que podíamos comprar las bombillas allí y al ser todo muy moderno las bombillas no eran normales sino halógenas, de bajo consumo, fluorescentes ... Tuvieron que enviarnos un camión desde Italia (que estaba más cerca) con todos los complementos necesarios.

Fuimos muy felicitados y colorín, colorado ...

Cuadernos de viaje (Zimbabwe)

Hace algunos años, en el 94, como arquitecto me encargaron el proyecto de un hotel de lujo en Zimbabwe junto a las cataratas Victoria. El origen de la historia es que una prestigiosa empresa de hoteles, cliente de aquella época, promovía hoteles para terceros proporcionando arquitectura, decoración, equipamiento y organización.

El caso es que el gobierno de Zimbabwe entró en contacto con ellos para crear un hotel junto a las cataratas con el fin de promocionar un turismo hasta entonces inexistente ya que no había buenas comunicaciones aéreas y el único turismo venía, en coche, desde Zambia y Unión Sudafricana, total nada. Habían leído en revistas especializadas el volumen de ingresos por turismo en España y se habían quedado lívidos de envidia. El trabajo consistía en redactar un proyecto y conseguirles los créditos necesarios.

… Y allá fui yo, como "artista invitado", a conocer el emplazamiento, el programa deseado, el clima, el tipo de construcción existente y otras cosas que me sirvieran para elaborar un proyecto mínimamente coherente e integrado en el lugar.

Estuve sólo 15 días pero fue maravilloso. No eran conscientes de la suerte que tenían por ser un país prácticamente virgen sin los estragos, primero del turismo americano y ahora del europeo, movidos desde hacía años por películas tipo "Las minas del rey Salomón" y las subsiguientes. El paradigma de todo esto es el caso de Kenia donde para ver un león hay que subscribirse al National Geographic.

Además, Zimbabwe tenía una renta decente, su índice de mortalidad infantil era de los más bajos de África (y esto creo que define el nivel de la Sanidad de un país), el grado de escolarización era muy alto y había una clase media muy fuerte que ya existía cuando era colonia inglesa (Rhodesia).
Me trasladaron (voluntariamente) al futuro emplazamiento y me dejaron allí solo y tranquilo con mis pensamientos. ¡No cuesta imaginar la sensación de pisar el terreno y que una gacela a lo lejos (20 metros) te esté mirando!. Es una imagen que tengo fuertemente grabada (los animales siempre me emocionan un poco). Que nadie se ofenda, pero es cierto que, medio en broma medio en serio, digo en ocasiones que me resulta más fácil entenderme con algunos animales que con la mayoría de personas. Porque ellos siempre te están dando datos fiables de comportamiento y a nosotros nos han ensañado demasiado a disimular.

Otro día fuimos en avioneta (muy pequeña: 4 plazas) sobrevolando toda la zona y es impresionante ver las cataratas a corta distancia, desde el aire. No son las más altas del mundo ni las más largas pero parece ser que son de las más caudalosas (o lo eran).
Me pasearon en canoa recorriendo arriba y abajo el río Zambeze, viendo hipopótamos, cocodrilos, búfalos. Una anécdota de quella situación es que parte de la expedición, señoritos pijos de Barcelona, se pusieron a tirar piedras a los cocodrilos por divertirse, para mi vergüenza y la de los indígenas que nos miraban extrañados. Era una advertencia de lo que podía llegar a ocurrir con los planes de turismo futuro.

Como estábamos invitados por el gobierno, pusieron un jeep a nuestra disposición, con chofer y explorador armados (pero por nosotros, no por los animales: visto lo que había ocurrido con los cocodrilos cualquiera nos dejaba sueltos). Durante dos días estuvimos recorriendo medio país, que era parque natural acotado por el gobierno, en el que los animales estaban como en su casa (lógico, lo era). Y ¡qué sensación ver de cerca elefantes, jirafas, búfalos ....!.

Después estuve recluido 3 ó 4 días en el hotel (también voluntariamente) para hacer unos cuantos croquis con el fin de que, cuando nos fuéramos de allí el gobierno los hubiera visto y estuviera de acuerdo con el planteamiento pues ya no volvería a Zimbabwe hasta tener acabado el proyecto. Muy previsoramente, había llevado instrumental de dibujo (allí sí hubiera sido difícil conseguir algo) y así pude acabar una especie de anteproyecto.

Se organizó una reunión de personalidades varias: cónsul español, ministro de Turismo, ministro de Economía y otros. Y allí estoy explicando el proyecto e intentándoles convencer de que estaba basado en las construcciones tradicionales de Centroáfrica (¡un hotel de 5 plantas inspirado en las cabañas autóctonas!). Como la operación les interesaba mucho económicamente estuvieron todos de acuerdo en que aquello no destacaría prácticamente nada en el paisaje y quedaría muy integrado en él (!). En un aparte, gozando del privilegio de que, en general, se considera al arquitecto como un artista un poco excéntrico y alejado de la realidad (nada más equivocado) aconsejé al ministro de Turismo que lo mejor que podían hacer era dejar el país como estaba, que mira lo que habían hecho en el mío con la Costa Brava. Me miró con condescendencia (creo) y me ofreció una sonrisa cómplice con el trasfondo que corroboraba el sentir general sobre los arquitectos.

Hice algunos amigos entre aquella gente que desaba transformar su país (a mejor) pero que pasados los años ¡vaya si lo transformaron! (a peor). Pero, por encima de todo, me quedó la sensación del encuentro con un país maravilloso al que volver de nuevo con personas queridas. Me quedó grabado en el corazón y pienso en él con nostalgia.

Acabé el proyecto y el resto quedó en manos de economistas y financieros. Como muchas cosas de gran escala no llegó a realizarse por cuestiones de créditos ya que el gobierno no quería invertir prácticamente nada y los bancos consideraban la operación muy arriesgada. Yo no cobré un céntimo pero me compensó con creces todo lo vivido ... y aprendí a dibujar baobabs (como Saint Exupéry).