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viernes, 29 de mayo de 2009

Elogio de la ilusión


Porque la ilusión ha sido el motor de esta aventura.

Me explicaré: Hace unos meses, cuando la inactividad producto de la crisis hacía mella en la mayoría de despachos de arquitectura, el mío incluido, creí que era el momento de reconsiderar los parámetros en los que mi trabajo profesional se movía.

Ayudado por la casualidad de unas circunstancias propicias (el conocimiento de un sistema constructivo diferente al tradicionalmente establecido en nuestro país), decidí impulsar un nuevo proyecto basado en el ahorro del consumo energético.

Este conocimiento me vino dado por haber dirigido, el pasado año, la edificación de una casa que el promotor había encargado a una fábrica sueca para que ejecutara la construcción del proyecto que yo mismo había realizado, inicialmente pensado para ser realizado con materiales y estructura tradicionales.

No fue preciso modificar ninguna forma ni alterar ninguna medida del proyecto original. Durante la ejecución de la obra, fui descubriendo las grandes virtudes de ese sistema sueco, sistema inspirado en la supervivencia ante sus temperaturas extremas pero también inspirado en el respeto al medio ambiente.

Fruto de ello ha sido la creación de una sociedad cuyo nombre es ya una declaración de principios: Arquitectura para el Ahorro de Energía S.L. y su nombre comercial que también da nombre a las casas es Swed Houses.

Este proyecto es el responsable de mi apartamiento voluntario y doloroso de este foro pues han sido unos meses de trabajo intenso para poder crear unos modelos propios, un tanto lejanos de los modelos nórdicos.

No querría que esta página supusiera un afán de publicidad pero tampoco quiero evitar transmitiros el resultado de este trabajo creado con gran ilusión y, al mismo tiempo, adaptado a los criterios de respeto por el medio ambiente.

Con vosotros:

http://www.swedhouses.eu/


domingo, 8 de febrero de 2009

La elevación del pensamiento

Porque vive en el aire, el ave no es consciente de su propio vuelo.

(Inspirado en un proverbio de Costa de Marfil que dice: “Porque vive en el agua, nunca se ven las lágrimas del pez que llora")

El ser humano, quizás por autodefensa tiende a elevarse a las alturas abandonando la Tierra, su medio natural. No es incompatible un pensamiento “elevado” con las ataduras de tu propia condición. Con ellas el pensamiento será fructífero. Sin ellas, el pensamiento puede ser estéril pues toda separación de la Tierra dará pensamientos incompletos.

jueves, 22 de enero de 2009

Las Grandes Palabras

Dios, Verdad, Amor, Patria. Son grandes palabras que las mayúsculas pretenden hacer magnas y que con minúsculas podrían llegar a serlo. Que con mayúsculas parecen ser un fin y con minúsculas sólo un medio para expresar nuestros pensamientos y sentimientos. Otras, han perdido vigencia: Rey, Honor, Papa, Cielo e Infierno.

De hecho creo que siento una aversión instintiva y endémica hacia las grandes palabras, las de las mayúsculas. Las he visto demasiadas veces en discursos vacíos. Porque parece que quieren acercarnos a la perfección. Y la perfección no existe en el hombre. Ni en la naturaleza. Porque andamos un paso hacia atrás para poder andar dos pasos hacia delante. Y eso, en el mejor de los casos.

No me pronuncio sobre ninguna de esas palabras en su versión mayúscula pues no me siento capacitado para ello. Sólo pretendo despojar esas palabras de ropajes vanos que inflan nuestras bocas y, lo peor, nuestras mentes, despojándonos del tan preciado sentido común.

Me gusta ser coherente en mi vida, en mis obras, en mi pensamiento. Pero la coherencia perfecta tampoco existe. Porque la perfección no es propia del hombre. Porque la búsqueda de la perfección es un camino estéril que te aleja de la realidad.

Este reconocimiento no es humildad pues tampoco me gusta esta palabra que sustituiría gustosamente por “asunción de tus propias limitaciones”.

Y no quiero decir, como Groucho Marx (y perdonen esta frivolidad): “Estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros”, frase aparentemente grotesca pero que en realidad es una clara advertencia a tu posible traición al pensamiento por razones varias. Entre ellas, su voluntad de adaptación a la imposible consecución de la perfección por olvido de tus propias limitaciones.

Mi maestro Coderch llamaba a la inteligencia “la gran prostituta” pues constataba el peligro de saber adaptar tu pensamiento a tus conveniencias. Y estas conveniencias no implican siempre intereses económicos, de poder o de prestigio. Tus conveniencias pueden ser también tu voluntad de amoldar tu pensamiento a los lugares comunes de la imposible perfección. La que te impide recorrer el camino pensando que ya conoces su final.

lunes, 19 de enero de 2009

KITSCH de nueva generación

Recuerdo ese kitsch (*) casi entrañable de los interiores domésticos de las primeras películas de Almodóvar, de los sencillos tapices con escenas de caza que adornaban las salas de casas que de niño visitaba, los humildes cuadros de bodegones y de gitanas modelo Romero de Torres que inundan todavía mercadillos comarcales de domingo, los muros “rústicos” o los capiteles griegos de tantos porches costeros con la vana pretensión de crear una imagen de rancia estirpe quedándose en una realidad de estirpe rancia.

Pues bien, ese kitsch va a ir desapareciendo para ceder el espacio al kitsch fashion de nueva generación.

Y eso que aún no ha sido asimilada la palabra “diseño” que obliga a todo buen vendedor a ofrecer un artículo especificando que es “de diseño” con lo cual evidencia su absoluta ignorancia del término pues “de diseño” lo es todo lo que forma parte de un proceso de proyecto y fabricación. Y como en todo, hay diseños buenos y diseños malos pero no hay objetos “de diseño” u otros carentes de él.

La creación artificial de modas, admitida en el vestir, ha llegado por fin a espacios con un tempo tradicionalmente más reposado. Recuerdo una aficionada a la arquitectura que me informó amablemente de que había leído que el minimalismo ya no se llevaba, que ahora lo último era lo étnico.

Hasta ahora, los dos campos, el de la calidad y el de la imitación estaban separados y se repartían amigablemente los mercados. Pero ahora, la ley inexorable de los mismos ha creado una revolución cultural propiciada por los mercaderes que, deseosos de una rentable renovación constante y advirtiendo que los clientes de lujo se decantaban por la calidad (a excepción de folclóricas y toreros), han logrado apropiarse del término “de diseño” pero dotándolo de valores añadidos como “recuperación de estilos”, “renovación conceptual” y “nuevos materiales” (al servicio de viejas ideas).

Ni siquiera “lo cursi” (**) estará libre de peligros pues las delicadas y tiernas pastorcillas de Lladró deberán adaptarse a los nuevos tiempos. El filósofo Xavier Rubert de Ventós definía lo cursi como "una de las posibles formas en que precipita el mal gusto consistente en la utilización de objetos o modelos de comportamiento de un valor expresivo o simbólico socialmente reconocido. Son cursis, en nuestro mundo casi inevitablemente, las ceremonias en las que se cumple un ritual con ilusión de originalidad: cursi es casi toda la terminología amorosa, la retórica del pulpito, la poética de aniversario, los discursos de los políticos.”

En un cuaderno de bitácora ("Luna de papel") se añaden consideraciones interesantes: "Cursi es el acto y el modo de llevar una peineta y no la peineta, cursi es la forma en que damos solemnidad a nuestras casas poniendo el cuadro de la ultima cena de Miguel Ángel en el comedor y no el cuadro mismo, no es cursi cumplir quince años, cursi es bajar a la apanicada niña del segundo piso del salón en un columpio bordado de rosas blancas entre nubes color violeta".
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(*) La palabra kitsch se origina del término alemán yidis etwas verkitschen. Define al arte que es considerado como una copia inferior de un estilo existente. También se utiliza el término kitsch en un sentido más libre para referirse a cualquier arte que es pretencioso, pasado de moda o de muy mal gusto. (Wikipedia)

(**) Dicho de una cosa que, con apariencia de elegancia o riqueza, es ridícula y de mal gusto (D.R.A.E.).

BIBLIOGRAFÍA: Cualquier número de la revista ¡Hola!

martes, 6 de enero de 2009

Palabras hermanas

Perdonen los filósofos y los sabios este escrito. No pretende nada más que reflejar sentimientos personales ante distintas palabras cuyo uso se aplica indiscriminadamente y sin criterio. No digo que el mío sea el correcto. Sólo que intento que sea coherente.

Imagen y apariencia: Me gusta la imagen como representación externa de la esencia de las cosas y desprecio la apariencia como falsificación o invención de esa esencia.

Error y fracaso: El error es positivo. Con él aprendemos. El fracaso es la valoración negativa del error. No me avergüenzan los errores ni los fracasos. Nunca lo habrán sido por omisión. Aprendí a decirme a mí mismo: "Si te avergüenzas no lo hagas y si lo haces no te avergüences".

Reto y objetivo: Tampoco me gustan los retos y los objetivos. Aquello de "voy a demostrar (a los demás y/o a mí mismo) que soy capaz de conseguir esto o aquello". Me parece una debilidad. Quiero conseguir lo que me interesa o lo que debo. Pero por lo que es y no por el éxito del resultado.
Además la palabra “objetivo” tiene un uso potencialmente peligroso. Porque tiene una connotación artificial. El verdadero objetivo forma parte esencial de tu escala de valores. Podrías, pero es innecesario, proponerte hacer bien las cosas. Si hacer bien las cosas forma parte de tu persona (porque así lo has querido) es prescindible acompañarlo de propósitos y objetivos como los que acompañan los primeros días del año.

Justicias: Estas hermanas son quintillizas y, probablemente, de padres diferentes. Englobamos en un solo vocablo conceptos tan dispares como:

Justicia divina: De difícil definición por falta de pruebas ante la ausencia testifical del propio legislador.

Justicia legal: Ley y justicia coinciden en ocasiones. En una democracia auténtica la coincidencia es frecuente. Pero son dos conceptos que no van hermanados necesariamente.

Justicia popular: Sumamente variable. Aquí la aplicación es dispar, según los pueblos y circunstancias, frente a hechos semejantes. Las víctimas de linchamientos dan buena prueba de ello.

Justicia militar: Sin comentarios. Si ponemos en duda la conveniencia de la existencia de una ley militar, su aplicación está de más. Los filólogos dirían que justicia militar es un oxímoron.

Justicia ética: Es la hermana mayor. La más responsable. Cuyo concepto debemos adquirir respetuosamente (el respeto a los demás y a nosotros mismos es su galán inseparable).

Os espero para corregir y completar estas cuatro familias.

martes, 8 de enero de 2008

La belleza de la arquitectura

Los edificios que vamos a proyectar, los que aún no existen, son bellos de por sí. Sólo es preciso ir vaciándolos, en el proyecto, de toda la fealdad que los envuelve.

Ir desnudándolos de lo banal, de lo accesorio.

Dejarlos limpios, para que sus espacios puedan manifestarse; para que, escuchándoles, podamos conseguir que sean lo que queremos que sean: dignos, dignos de ser considerados como espacios.

Porque los edificios nonatos necesitan nuestra ayuda para que nazcan bellos y no se conviertan en ese amasijo de espacios cerrados, sin interés, sin belleza, tristes, … sin padres.

Debemos convertirlos en edificios y espacios en los que sus habitantes encuentren el sosiego y la paz que da la belleza.

Porque todo esta allí, en el papel.

Sólo hay que descubrirlo.

lunes, 7 de enero de 2008

Una arquitectura limpia


Tras ofrecer, en mi página anterior Arquitectura contaminada una imagen un tanto fatalista de nuestro entorno arquitectónico y como contrapunto, querría complementar ese escrito con un enfoque más optimista. El estado de ánimo al escribirlo correspondía al producido por la rabia de observar cómo nuestros pueblos y ciudades se degradan sin necesidad debido a la desidia de profesionales interesados en sí mismos. A la rabia de ver cómo estos pueblos y ciudades han ido perdiendo sus señas de identidad para dejar paso a imágenes llenas de tópicos y pretensiones.
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Pero no todo el monte son zarzales. Hay una arquitectura válida, silenciosa. Basada en el trabajo razonado.
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Plutarco decía “Para saber hablar es preciso saber escuchar” y Antonio Machado, por su parte, completaba “Para dialogar, preguntad primero; después... escuchad”. Y estos dos principios, que son esencialmente el mismo, son los que muchos arquitectos aplican al realizar sus obras. Pero el verbo escuchar no debe aplicarse a la bolsa de los denarios sino a las personas que habitarán o se moverán en esas obras. Al lugar, a su historia, a su clima, a su cultura.
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Vemos, con demasiada frecuencia, edificios que bien podrían estar en cualquier otra parte del mundo, que son mero resultado de aplicar modas o mediocridades comerciales que proliferan en él. Un ejemplo: algunos clientes, movidos por fotografías espectaculares de espectaculares revistas, me piden ilusionados, sin saber lo que piden, grandes claraboyas en techos mediterráneos, que convertirían los interiores de sus casas en un infierno.
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Hay una arquitectura limpia, sin disfraces, sin modas artificiales o interesadas. Las fotos que encabezan este escrito son una muestra. Son casas de Coderch proyectadas alrededor de 1960 pero que conservan toda su vigencia y que son un ejemplo de Arquitectura limpia.

domingo, 6 de enero de 2008

Arquitectura contaminada


Este escrito se refiere a la trascendencia que la arquitectura tiene en nuestro entorno pues vivimos rodeados y dentro de la arquitectura.

Alguien, arquitecto o no, cuyo nombre no recuerdo, escribió en cierta ocasión: "La arquitectura es como el aire. Sin darnos cuenta respiramos arquitectura a todas horas: en casa, en el trabajo, por la calle, en el teatro, en la iglesia, en todas partes. Si lamentamos el aire contaminado, ¿por qué no lamentarnos también de la arquitectura contaminada?"

Los edificios que nos rodean deberían haber sido creados no tan sólo para cumplir su misión sino para enriquecer nuestra cultura. Su banalidad o calidad harán de nuestras ciudades entornos culturales o banales.

Y en mi profesión son muy abundantes (demasiado) los que, desde el inicio, eligieron el camino de la rentabilidad económica (la de ellos). Han hecho de la arquitectura un medio para ganar dinero, aportando lo imprescindible para que sus edificios puedan construirse no importa lo vulgares que sean. Y así, están llenas nuestras ciudades y pueblos, de arquitectura (por llamarla de alguna manera) tremendamente vulgar y anodina. Y la gente normal va acostumbrándose a esta visión y considerándola como lo normal.

Antiguamente, los edificios eran realizados por maestros de obra (antes de la aparición de los arquitectos) y, posteriormente por arquitectos, que amaban su profesión y dedicaban su tiempo, en primer lugar, a la dignidad de sus obras. Actualmente, eso que llaman la sociedad de consumo ha empujado a los arquitectos, constructores y promotores al dinero fácil. Y las consecuencias son las que son. Y lo peor, sin darnos cuenta de ello porque, en primer lugar, la escuela no ha enseñado nada al respecto. La asignatura de Historia del Arte (o como ahora se llame) se paraba en el Barroco o el Neoclásico. Si aparecía el arte moderno era resumido y mal explicado, entre otras cosas porque los maestros tampoco tenían buena formación al respecto.
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Aunque pueda no gustarle, una persona mínimamente culta conocerá la música de Mahler, Pau Casals y Duke Ellington, la poesía de García Lorca, Neruda y Machado.La pintura de Sorolla, Gauguin y Tàpies. Pero de arquitectura ¿qué conocen? ¿las catedrales góticas? Sin embargo, una parte del turismo tiene como meta los monumentos arquitectónicos. ¿Por qué este vacío, respecto lo actual? ¿Por qué esta falta de criterio para juzgar lo moderno? Tengo clientes cuyo máximo estético en coches es un Ferrari y, a cambio, te ponen como ejemplo a seguir en arquitectura las horteradas más espeluznantes.

Y, paralelamente, han ido apareciendo en nuestros paisajes edificios creados para la mayor gloria de las Administraciones. Cada ciudad que se precie ha de tener su monumento clasificado “¡Whuau!” (debe pronunciarse en voz alta y siguiendo las instrucciones de los signos de exclamación). Al más difícil todavía, al más alto o al más raro. Estas obras “geniales” cuyos autores, en general muy buenos arquitectos, son objeto del escrito de Coderch "No son genios lo que necesitamos ahora" (publicado en este blog) que, no olvidemos, redactó en 1960 y que parece premonitorio.

Conviven en nuestras ciudades la miseria cultural que nos rodea y la pretensión de asombro que nos distingue.
Una de las diferencias entre un mal poeta y un mal arquitecto es que sus producciones tienen trascendencias públicas diferentes. La poesía permanece escondida para deleite del lector que la disfruta, sea buena o mala. La mala arquitectura la sufrimos todos … y, en su fealdad, crea estilo.

Las nuevas urbanizaciones, principalmente las costeras, son un buen ejemplo de ello: balaustradas de hormigón, pobre imitación de las de los palacios del siglo pasado, aplacados de piedra que pretenden sugerir la imagen de los antiguos castillos, pequeñas torres que imitan los torreones de defensa ante los piratas, frecuentes en la costa catalana, que constructores y promotores avispados ofrecen, como representación del más puro “estilo catalán”, a ignorantes y cándidos compradores extranjeros.

Y si nos vamos a la montaña la situación no mejora: falsos “chalets suizos”, uso de la piedra como elemento de distinción, o de ignorancia estética histórica, ya que los antiguos constructores destinaban la piedra vista únicamente para los cobertizos de animales, las casas se revestían de revoco para protegerse de la lluvia y del viento. Aún es posible observar en algunos pueblos que las antiguas casas estaban revocadas y pintadas al tiempo que las nuevas tienen sus fachadas realizadas con piedra para que les confiera un aspecto más rústico, más “auténtico”.
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Transcribo un escrito que leí y me gustó, aunque no recuerdo el autor, y que refleja mi sentir ante esas copias, baratas o caras, que inundan nuestros paisajes:
“¡Ya podéis construir copias de lo clásico y de lo antiguo!. El mármol rosado del palacio de los Dux , el oro viejo de las paredes de San Marcos y toda el agua y toda la piedra de Venecia son cosas que, una vez han sido vistas por el viajero, permanecen en él para siempre y entonces sí que se le esfuman todas las falsificaciones que intentan imitar lo inimitable.”
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Un arquitecto en general, no nace ni se hace. Simplemente se dedica a ello. La formación le da la capacidad suficiente para realizar su trabajo. Pero lo que realmente importa es su dedicación. El que la arquitectura actual sea tan “de consumo” se debe a que la mayoría de arquitectos no se dedican.
Hay, además, un problema añadido: para que pueda construirse un edificio se precisa la firma de un arquitecto. En general, los promotores prefieren profesionales “que no molesten”, que les permitan los máximos beneficios al mínimo coste. Un profesional que entra en este juego de mercado ¿para qué va a ocuparse de la dignidad de su proyecto, de la calidad de los espacios, de la composición de las fachadas, si lo que busca es que sus proyectos le sean rentables, tener la mayor cantidad posible y realizarlos en el menor tiempo?
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La pregunta de por qué este tipo de arquitectos son los triunfadores (económicamente) es muy fácil contestarla: Prescindiendo de las firmas más importantes de la pintura, la música y la literatura, ¿quién creen que es más popularmente famoso: un buen pintor, poeta, músico, o esos seudo artistas cuyas obras inundan el mercado de la canción del verano, libros de autoayuda o revistas del corazón y retratistas de famosos y la nobleza?
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(Las casas de las fotos NO son proyectos del autor)

jueves, 3 de enero de 2008

Las cosas pequeñas ...

Me gustan las cosas pequeñas. Las que no tienen pretensiones (casi siempre movidas por la vanidad), las que sirven de desarrollo y también de base a las cosas grandes que, sin ellas, son pretendidamente importantes, pero vacías.

En mi profesión, el estudio de cada detalle, aunque aparentemente intrascendente e insignificante, es lo que da calidad al conjunto.
No quiero decir con todo ello que una obra digna es sólo una suma de pequeños detalles. Ha de haber una jerarquía en los objetivos y en las ideas. Ha de haber una idea globalizadora que sintetice la solución a los problemas más importantes y la consecución de las metas principales.
Pero, una vez conseguida esta síntesis, una vez elaborado el anteproyecto que definirá el edificio, debemos continuar desarrollándolo y estudiar todas las soluciones a los problemas menores y aportar el máximo de ideas para enriquecer los espacios del futuro edificio.

Y, en la vida real, odio las grandes palabras. Las de salvación del alma. Las de salvación de la patria. Las que, tras pronunciadas, son olvidadas por el salvador del alma, por el salvador de la patria, sin que tengan continuación en la mejora del día a día.

Decir “¡Te amo hasta el infinito!” (incluso dicho sinceramente) pero, tras esas palabras, el respeto y la atención de cada día son sustituídos por grandes objetivos, inevitablemente fracasados porque no cuentan con el otro sino que sirven, casi siempre, para magnificar el ego del que los fija.

Por eso amo las pequeñas cosas, porque son el camino, para conseguir o no pero son camino, el respeto y cariño de los que nos rodean.

"No son genios lo que necesitamos ahora"

Esta vez no son mías las palabras. Es la transcripción de un escrito del arquitecto José Antonio Coderch, cuya lectura, dos años después de su publicación, coincidió con mi primer curso de arquitectura. Considero a Coderch como mi verdadero maestro y tuve la inmensa suerte de trabajar durante cinco años en su despacho, en el que aprendí todo lo que sé de arquitectura. Sirva esta inclusión de sus palabras en mi blog como un homenaje a su persona, a sus obras, a sus ideas.

"Al escribir esto no es mi intención ni mi deseo sumarme a los que gustan de hablar y teorizar sobre Arquitectura. Pero después de veinte años de oficio, circunstancias imprevisibles me han obligado a concretar mis puntos de vista y a escribir modestamente lo que sigue:
Un viejo y famoso arquitecto americano, si no recuerdo mal, le decía a otro mucho más joven que le pedía consejo: "Abre bien los ojos, mira, es mucho más sencillo de lo que imaginas." También le decía: "Detrás de cada edificio que ves hay un hombre que no ves." Un hombre; no decía siquiera un arquitecto.

No, no creo que sean genios lo que necesitamos ahora. Creo que los genios son acontecimientos, no metas o fines. Tampoco creo que necesitemos pontífices de la Arquitectura, ni grandes doctrinarios, ni profetas, siempre dudosos. Algo de tradición viva está todavía a nuestro alcance, y muchas viejas doctrinas morales en relación con nosotros mismos y con nuestro oficio o profesión de arquitectos (y empleo estos términos en su mejor sentido tradicional). Necesitamos aprovechar lo poco que de tradición constructiva y, sobre todo, moral ha quedado en esta época en que las más hermosas palabras han perdido prácticamente su real y verdadera significación.
Necesitamos que miles y miles de arquitectos que andan por el mundo piensen menos en Arquitectura (en mayúscula), en dinero o en las ciudades del año 2000, y más en su oficio de arquitecto. Que trabajen con una cuerda atada al pie, para que no puedan ir demasiado lejos de la tierra en la que tienen raíces, y de los hombres que mejor conocen, siempre apoyándose en una base firme de dedicación, de buena voluntad y de honradez (honor).

Tengo el convencimiento de que cualquier arquitecto de nuestros días, medianamente dotado, preparado o formado, si puede entender esto también puede fácilmente realizar una obra verdaderamente viva. Esto es para mí lo más importante, mucho más que cualquier otra consideración o finalidad, sólo en apariencia de orden superior.
Creo que nacerá una auténtica y nueva tradición viva de obras que pueden ser diversas en muchos aspectos, pero que habrán sido llevadas a cabo con un profundo conocimiento de lo fundamental y con una gran conciencia, sin preocuparse del resultado final que, afortunadamente, en cada caso se nos escapa y no es un fin en sí, sino una consecuencia.
Creo que para conseguir estas cosas hay que desprenderse antes de muchas falsas ideas claras, de muchas palabras e ideas huecas y trabajar de uno en uno, con la buena voluntad que se traduce en acción propia y enseñanza, más que en doctrinarismo. Creo que la mejor enseñanza es el ejemplo; trabajar vigilando continuamente para no confundir la flaqueza humana, el derecho a equivocarse -capa que cubre tantas cosas-, con la voluntaria ligereza, la inmoralidad o el frío cálculo del trepador.

Imagino a la sociedad como una especie de pirámide, en cuya cúspide estuvieran los mejores y menos numerosos, y en la amplia base las masas. Hay una zona intermedia en la que existen gentes de toda condición que tienen conciencia de algunos valores de orden superior y están decididos a obrar en consecuencia. Estas gentes son aristócratas y de ellos depende todo. Ellos enriquecen la sociedad hacia la cúspide con obras y palabras, y hacia la base con el ejemplo, ya que las masas sólo se enriquecen por respeto o mimetismo. Esta aristocracia, hoy, prácticamente no existe, ahogada en su mayor parte por el materialismo y la filosofía del éxito. Solían decirme mis padres que un caballero, un aristócrata es la persona que no hace ciertas cosas, aun cuando la Ley, la Iglesia y la mayoría las aprueben o las permitan. Cada uno de nosotros, si tenemos conciencia de ello, debemos individualmente constituir una nueva aristocracia. Este es un problema urgente, tan apremiante que debe ser acometido en seguida. Debemos empezar pronto y después ir avanzando despacio sin desánimo. Lo principal es empezar a trabajar y entonces, sólo entonces, podremos hablar de ello.

Al dinero, al éxito, al exceso de propiedad o de ganancias, a la ligereza, la prisa, la falta de vida espiritual o de conciencia hay que enfrentar la dedicación, el oficio, la buena voluntad, el tiempo, el pan de cada día y, sobre todo, el amor, que es aceptación y entrega, no posesión y dominio. A esto hay que aferrarse.
Se considera que cultura o formación arquitectónica es ver, enseñar o conocer más o menos profundamente las realizaciones, los signos exteriores de riqueza espiritual de los grandes maestros. Se aplican a nuestro oficio los mismos procedimientos de clasificación que se emplean (signos exteriores de riqueza económica) en nuestra sociedad capitalista. Luego nos lamentamos de que ya no hay grandes arquitectos menores de sesenta años, de que la mayoría de los arquitectos son malos, de que las nuevas urbanizaciones resultan antihumanas casi sin excepción en todo el mundo, de que se destrozan nuestras viejas ciudades y se construyen casas y pueblos como decorados de cine a lo largo de nuestras hermosas costas mediterráneas.
Es por lo menos curioso que se hable y se publique tanto acerca de los signos exteriores de los grandes maestros (signos muy valiosos en verdad), y no se hable apenas de su valor moral. ¿No es extraño que se hable o escriba de sus flaquezas como cosas curiosas o equívocas y se oculte como tema prohibido o anecdótico su posición ante la vida y ante su trabajo?
¿No es curioso también que tengamos aquí, muy cerca, a Gaudí (yo mismo conozco a personas que han trabajado con él) y se hable tanto de su obra y tan poco de su posición moral y de su dedicación?
Es más curioso todavía el contraste entre lo mucho que se valora la obra de Gaudí, que no está a nuestro alcance, y el silencio o ignorancia de la moral o la posición ante el problema de Gaudí, que esto sí está al alcance de todos nosotros.
Con grandes maestros de nuestra época pasa prácticamente lo mismo. Se admiran sus obras, o , mejor dicho, las formas de sus obras y nada más, sin profundizar para buscar en ellas lo que tienen dentro, lo más valioso, que es precisamente lo que está a nuestro alcance. Claro está que esto supone aceptar nuestro propio techo o límite, y esto no se hace así porque casi todos los arquitectos quieren ganar mucho dinero o ser Le Corbusier; y esto el mismo año en que acaban sus estudios. Hay aquí un arquitecto, recién salido de la Escuela, que ha publicado ya una especie de manifiesto impreso en papel valioso después de haber diseñado una silla, si podemos llamarla así.

La verdadera cultura espiritual de nuestra profesión siempre ha sido patrimonio de unos pocos. La postura que permite el acceso a esta cultura es patrimonio de casi todos, y esto no lo aceptamos, como no aceptamos tampoco el comportamiento cultural, que debería ser obligatorio y estar en la conciencia de todos.
Antiguamente el arquitecto tenía firmes puntos de apoyo. Existían muchas cosas que no eran aceptadas por la mayoría como buenas o, en todo caso, como inevitables, y la organización de la sociedad, tanto en sus problemas sociales como económicos, religiosos, políticos, etc., evolucionaba lentamente. Existía, por otra parte, más dedicación, menos orgullo y una tradición viva en la que apoyarse. Con todos sus defectos, las clases elevadas tenían un concepto más claro de su misión, y rara vez se equivocaban en la elección de los arquitectos de valía; así, la cultura espiritual se propagaba naturalmente. Las pequeñas ciudades crecían como plantas, en formas diferentes, pero con lentitud y colmándose de vida colectiva. Rara vez existía ligereza, improvisación o irresponsabilidad. Se realizaban obras de todas clases que tenían un valor humano que se da hoy muy excepcionalmente. A veces, pero no con frecuencia, se planteaban problemas de crecimiento, pero afortunadamente sin esa sensación, que hoy no podemos evitar, de que la evolución de la sociedad es muy difícil de prever como no sea a muy corto plazo.
Hoy día las clases dirigentes han perdido el sentido de su misión, y tanto la aristocracia de la sangre como la del dinero, pasando sobre todo por la de la inteligencia, la de la política y la de la Iglesia o iglesias, salvo rarísimas y personales excepciones contribuyen decisivamente, por su inutilidad, espíritu de lucro, ambición de poder y falta de conciencia de sus responsabilidades al desconcierto arquitectónico actual.
Por otra parte, las condiciones sobre las cuales tenemos que basar nuestro trabajo varían continuamente. Existen problemas religiosos, morales, sociales, económicos, de enseñanza, de familia, de fuentes de energía, etcétera, que pueden modificar de forma imprevisible la faz y la estructura de nuestra sociedad (son posibles cambios brutales cuyo sentido se nos escapa) y que impiden hacer previsiones honradas a largo plazo.

Como he dicho ya en líneas anteriores, no tenemos la clara tradición viva que es imprescindible para la mayoría de nosotros. Las experiencias llevadas a cabo hasta ahora y que indudablemente en ciertos casos han representado una gran aportación, no son suficientes para que de ellas se desprenda el camino imprescindible que haya de seguir la gran mayoría de los arquitectos que ejerce su oficio en todo el mundo. A falta de esta clara tradición viva, y en el mejor de los casos, se busca la solución en formalismos, en la aplicación rigurosa del método o la rutina y en los tópicos de gloriosos y viejos maestros de la arquitectura actual, prescindiendo de su espíritu, de su circunstancia y, sobre todo, ocultando cuidadosamente con grandes y magníficas palabras nuestra gran irresponsabilidad (que a menudo sólo es falta de pensar), nuestra ambición y nuestra ligereza. Es ingenuo creer, como se cree, que el ideal y la práctica de nuestra profesión pueden condensarse en slogans como el del sol, la luz, el aire, el verde, lo social y tantos otros. Una base formalista y dogmática, sobre todo si es parcial, es mala en sí, salvo en muy raras y catastróficas ocasiones. De todo esto se deduce, a mi juicio, que en los caminos diversos que sigue cada arquitecto consciente tiene que haber algo común, algo que debe estar en todos nosotros. Y aquí vuelvo al principio de esto que he escrito, sin ánimo de dar lecciones a nadie, con una profunda y sincera convicción."

José Antonio Coderch, 1960

Este artículo lo escribió Coderch, dirigido a estudiantes de arquitectura cuya mayoría se imaginaban y deseaban ser genios y estrellas. Fue un intento de situarlos a ras de tierra, donde vive el hombre.

Confieso que los cinco años que pasé en su despacho representaron algo semejante a las vivencias en un monasterio, en este caso dedicado a la arquitectura. Todo lo que sé, poco o mucho, lo aprendí allí pues tuve la suerte añadida que no era un gran despacho, en el sentido de tamaño o número de colaboradores, ya que sólo éramos dos estudiantes trabajando allí, codo con codo con el maestro. Lo dicho, inenarrable.

Una lección de Teatro

Por su interés, traslado a este blog las palabras de Vittorio Gassman acerca del Teatro. Creo que las pronunció en un monólogo en Buenos Aires allá por el 1985. Las traslado de memoria; si algún documentalista encuentra algún error, lo primero, que me perdone y lo segundo, que me corrija.
"Para que exista Teatro son necesarias dos condiciones: Que un actor FINJA ser lo que no es y que, al menos dos espectadores, FINJAN creer a aquél que FINGE ser, pero no es.
Pero si el actor CREE ser lo que no es, sería un loco. Y no pertenecería al mundo del teatro sino al de la psiquiatría.
Si en cambio el actor FINGE que es pero sabe que no es, y los espectadores creen que realmente el actor ES quien finje ser, no estaríamos en el teatro sino en la escena política.
Y si todos en la sala y el escenario CREEN, amigos míos, tampoco estaríamos en el teatro, ¡Estaríamos en la iglesia!
Resumiendo ¿qué cosa es estrictamente necesaria al teatro?: Un actor y dos espectadores, nada mas.
He aquí el por qué de la antigua antipatía de la Iglesia por el actor; porque el oficiante teatral le roba el lugar al oficiante religioso. Está en contacto con el símbolo y realiza milagros.
Un histrión finge ser Polonio delante de dos espectadores, que han visto diez Polonios, que saben perfectamente cómo debe hacerse Polonio y, sin embargo, un nuevo Polonio puede nacer siempre distinto, siempre verdadero. Porque el resultado de esos tres absurdos conjugados paradojalmente, es un pequeño acto creativo. Y esto Dios no lo ama, no puede amarlo porque por un instante somos un poco como Él pero, y esto es importante, con una condición: que NO lo creamos."

Las fiestas populares y los animales

Creo que debe distinguirse entre la tradición viva y la tradición caduca. La tradición viva se sustenta en los usos y costumbres del pasado pero va adaptándose a los tiempos presentes, adoptando los avances que la sociedad va imponiendo como, por ejemplo, los derechos humanos y los derechos de los animales. La tradición caduca justifica por sí sóla determinadas costumbres por la única razón de que se han realizado siempre así. Y esto, por sí solo, no tiene suficiente valor ni justificación moral.
Si no fuéramos transformando la tradición, si ésta fuera algo inamovible, todavía tendríamos (o seríamos) esclavos, todavía se sacrificarían animales o doncellas (¿por qué las señoras siempre se llevan la peor parte en las tradiciones establecidas?) para aplacar las supuestas iras de dioses enfurecidos.
Muchos que protagonizan la persecución y tortura de pobres bichos en fiestas “tradicionales” populares serían incapaces de hacer lo mismo con un animal de su propiedad, al que quisieran, para que lo persiguiera un grupo de gente.


Y como creo que casi todo tiene que ver con la arquitectura hago referencia a los conceptos de "tradición viva" y "tradición caduca". Hay muchos que abominan de la arquitectura moderna buscando fealdades sólo porque creen que “cualquiera tiempo pasado fue mejor” sin haber tenido el espíritu suficientemente abierto para aprender y querer las nuevas formas. Están anclados en el pasado ignorando que esas maravillas que admiran no pueden tener repetición pues cada época tiene su forma de expresarse. Con esas preferencias por lo clásico y lo antiguo sólo consiguen pobres imitaciones.

Reconozco la inmensa dificultad del diseño moderno para conseguir la belleza, especialmente en las cosas sencillas, de las antiguas obras. Hay varias razones: La diferencia de autoexigencia por parte de artesanos y patronos, los tiempos de ejecución siempre acelerados, la facilidad que la industria actual ofrece para la copia de lo antiguo sin percatarse de la diferencia inmensa de los resultados”

Y en la página Arquitectura contaminada , de este blog, transcribí un escrito, de autor desconocido, que repito aquí y que explica mejor que yo mis propios sentimientos sobre las copias de lo antiguo:

"Ya podéis construir copias de lo clásico y de lo antiguo! El mármol rosado del Palacio de los Dux, el oro viejo de las paredes de San Marcos y toda el agua y toda la piedra de Venecia son cosas que una vez han sido vistas por el viajero permanecen en él para siempre, y entonces sí que se le esfuman todas las falsificaciones que intentan imitar lo inimitable".

Creo que la arquitectura debe basarse en la tradición constructiva y arquitectónica pero no como si esta tradición fuera un catálogo de formas antiguas con el fin de dar una imagen “rústica” o “señorial”, tan deseada por los que están anclados en el pasado (pero sólo en arquitectura, pues se compran o desean el último modelo de coche) y también tan querida por los turistas que visitan nuestros pueblos y a los que engañamos ofreciéndoles pobres imitaciones.

La única tradición válida es la “tradición viva”, aquella que va creando nuevos materiales y formas cuando es necesario, como han hecho todos los oficios y profesiones a lo largo de su historia, pero que se basa en lo aprendido que es considerado un tesoro que ha formado nuestro aprendizaje.

jueves, 27 de diciembre de 2007

Tres picapedreros

Hace algunos años un viejo maestro de arquitectura me explicó una pequeña historia que creo ejemplifica tres comportamientos personales ante el "castigo divino":

… Iba un viajero por un camino en el que estaban trabajando unos hombres picando piedras destinadas a la construcción de una catedral.

Se acerca a uno de ellos y le pregunta: "¿Qué está haciendo, buen hombre?" Y el picapedrero le responde: "Estoy trabajando para sustentar a mi familia".

Sigue caminando y le pregunta a un segundo: "¿Qué está haciendo, buen hombre?". Y éste le contesta: "Estoy picando una piedra".

Por fín se acerca a un tercero y le pregunta: "¿Qué está haciendo, buen hombre?". Y el picapedrero le responde: "Estoy ayudando a construir una catedral".

Son tres posturas diferentes ante una misma acción. Podría decirse que son tres definiciones del trabajo, oficio y profesión, pero esto es más discutible. Lo seguro es que son tres actitudes que dependen de la propia persona, independientemente del mundo exterior.

Y mal vamos si consideramos el trabajo como castigo divino porque debe servirnos para vivir de él, nosotros y nuestra familia, debemos realizarlo lo mejor que sepamos y podamos pero también debemos buscarle algo más de trascendencia ya que con él influimos en nuestro entorno.

sábado, 22 de diciembre de 2007

No me culpes ...

Si no tienes la casa de tus sueños ... no es mi culpa.
Si vives en un entorno que no deseas y que no has elegido ... no es mi culpa.
Si los espacios de tu casa no están hechos a tu medida ni a la de tu familia ... no es mi culpa.
Si la elección de los espacios que habitas es una mera cuestión de mercado ... no es mi culpa.
Si sacrificas tu estilo de vida por temor a la actuación de los mercaderes ... no es mi culpa.

Porque puedo darte, con tu ayuda, la creación de un sueño que no creías poder hacer realidad.
Porque puedo hacer, con tu ayuda, que vivas como a ti y a tu familia os gustaría.
Porque puedo hacer, con tu ayuda, que todo eso se ajuste a tus posibilidades y a tu presupuesto.

… Y, sobre todo, puedo conseguir, siempre con tu ayuda, que muchos años después siga siendo realidad lo prometido.


Para hacerme entender en la importancia de la transmisión de deseos pongo la comparación con el encargo de un barco a medida:

¿Para qué lo quieren?¿para dar la vuelta al mundo? ¿para dar la vuelta al puerto? ¿para ir a pescar? ¿para ir a presumir? ¿para salir solo? ¿para salir en pareja? ¿para salir en manada? ¿para llegar lo antes posible? ¿para disfrutar del viento en las velas? ¿para navegar por el Atlántico o para surcar el Mediterraneo?

Estas diferenciaciones, que evidentemente deben condicionar el diseño de un barco, no encuentran correspondencia con el diseño de una casa, como si sólo se pudiera vivir de una sola manera.

Contaré una anécdota referente a las peticiones de los clientes cuyo silencio puede provocar ese "No me culpes" y que, comunicadas, deben ser tratadas con el máximo respeto: Yo soy muy poco partidario de las casas nuevas hechas de piedra pues creo que, en su mayoría, responden a una voluntad de búsqueda de lo falsamente "auténtico", como si la crítica al estrés urbano provocara la posesión de la apariencia idílica de los pueblos, pero tomando tan sólo eso, la apariencia, y no la imagen ni el espíritu. Pues bien un día apareció por mi despacho un señor explicándome que su mayor deseo era una casa de piedra. El resto casi no le importaba. Y ello porque le recordaba los tiempos felices que pasó con su abuelo y otras historias. Le contesté que por qué no compraba una casa antigua, de piedra, auténtica. Pero en esta zona en que vivimos las casa antiguas de piedra tienen precios exorbitantes y no se pueden habitar si no se añade otro tanto al precio de compra. Si ya están reformadas, peor, pues el resultado es propio de una película de terror, pues consiguen armonizar el mal gusto, las falsedades históricas, las imitaciones de cartón piedra y la decoración de castillo feudal. Eso sí, fijándose uno bien, se vislumbran restos de piedras antiguas y vigas de madera. Me puse en ello y el resultado mereció la impagable sensación de felicidad que lo embargó cuando tuvo la casa acabada. Aunque inicialmente pueda parecer absurdo, el cumplir con un deseo auténtico y sincero de un cliente merece siempre ser tenido en cuenta.

La relación entre cliente y arquitecto

La primera condición para que un encargo de arquitectura se transforme primero en un buen proyecto y después en una obra digna es que un buen cliente colabore con un buen arquitecto. Que exista un grado mutuo de respeto y confianza que haga posible la dignidad del resultado final. La ausencia de esta aparente evidencia es una de las causas de la falta de calidad del entorno arquitectónico. Porque un buen arquitecto no es aquél que tiene el correspondiente título sino el que ejerce realmente como tal, por capacidad y por dedicación.

En primer lugar, el cliente debe expresar el mayor número posible de peticiones (aunque parezcan contradictorias) a través de un Programa, de un listado de necesidades, deseos y sueños. El arquitecto tiene como misión hacerlos realidad. La elaboración de este Programa inicial es la segunda condición relativa a la calidad del Proyecto. En el Programa deben tener cabida desde las más inmediatas necesidades físicas (presupuesto, dimensiones, número de dependencias) hasta las más emocionales y relacionadas con la forma de vida del cliente (actual o deseada). Un Programa demasiado esquemático y poco definido tendrá que ser forzosamente completado e "inventado" por el arquitecto, con lo que se llegará probablemente a un resultado ajeno al futuro usuario.

El arquitecto debe saber escuchar, separar lo esencial de lo accesorio. Debe ordenar jerárquicamente el Programa. Y preguntar, preguntar mucho. La primera fase de Proyecto debe ser más escrita que dibujada. Debe pertenecer al mundo de las ideas más que al de los planos. Los primeros croquis influyen enormemente en el resultado final; conviene que aparezcan cuando las ideas estén claras y cuando el emplazamiento de la obra haya expresado también sus propios deseos.

En cuanto al desarrollo del Proyecto, el cliente ya no debe preocuparse. En todo caso, tan sólo controlar que su Programa ha sido captado y asimilado. Un buen profesional no antepondrá su filosofía personal al Programa inicial. Podrá rechazarlo y no aceptar el Encargo pero nunca perder de vista cuál es la finalidad de su trabajo: Dar cobijo a las necesidades físicas y emocionales del cliente,... y hacerlo con los criterios arquitectónicos más válidos. Lo coherente sería, por tanto, que el cliente acudiera al arquitecto conociendo su trabajo profesional.

A partir de la elección del arquitecto por parte del cliente aparece una condición necesaria para garantizar la calidad del Proyecto final: la Confianza del cliente en el profesional que ha elegido.

El cliente ha de confiar que el arquitecto sintetizará todas sus necesidades y deseos, y les dará forma de manera que, al mismo tiempo, formen parte válida del patrimonio cultural del propio cliente y del entorno. En los momentos de duda, cuando ante la visión de los planos, desconfíe del resultado, tiene que permanecer fiel a dicha confianza, ya que un buen profesional imaginará espacios y formas que un profano difícilmente podrá juzgar a través de dibujos. ¡Y qué lástima si el cliente rechazara un buen Proyecto por no poder, aunque sea involuntariamente, imaginar la realidad del resultado final!

Mientras el Programa inicial siga respetándose, la Confianza debe permanecer incólume. Si ésta falla, el arquitecto se sentirá desamparado del apoyo de la persona cuya satisfacción es la meta final de su Proyecto. Esto, que es evidente en la relación con otros profesionales (abogados, médicos), falla frecuentemente en la arquitectura ocasionado por la desidia con la que, algunos profesionales, han hecho su trabajo.

Si todo esto se cumple, el resto es fácil: Dedicación y humildad por ambas partes, para poderse soportar mutuamente en la tarea de colaboración conjunta que exige una buena obra.

Lo de "construir sueños" es una metáfora pues, cuando se materializan, dejan de ser sueños. Pero me siento capaz de impulsar en mis clientes que me comuniquen los deseos que les gustaría encontrar en su nueva casa. Pero deseos importantes, no que la casa tenga tres baños o que en el garaje quepan dos coches, eso forma parte del programa funcional y deben respetarse igual que debe respetarse el presupuesto previsto. Pero eso no son sueños. Los sueños son esos deseos relacionados con las ilusiones que te gustaría encontrar en tu casa y que muchos ni siquiera imaginan que se pueden pedir y menos realizar.

Cierto es que cuesta conseguir esa intimidad casi de psicólogo para que te confíen sus sueños. Por eso advierto que si no piden nada, nada tendrán. O tendrán lo que a mí me parezca que les conviene. Pero eso no es lo ideal.

Para ponerles ejemplos exagerados, les explico que el proyecto de una casa pueden ser tres casas (padre, madre, hijos) si así lo desearan. O un casa-escaparate para todos les vean. O una casa-gruta para que no les vea nadie.

Yo no debo decidir ni inventarme su forma de vivir y ellos no deben vivir en mis sueños.